
Por las puertas del lugar todos salen pero nadie entra, aunque siempre parecen los mismos rostros. La abisal penumbra de los goznes adivina el final sin principio de un cuento que alguien olvidó narrar. El lugar es un reino sin corona, donde los cinturones hacen alforja las tripas, castran el hálito del viento en los pulmones. Ahora para nada sirve el tañido del poeta de la plaza, porque las musas vuelven sus ancestrales espaldas y se otea el chiflido de su burla tras el insolente porte de sus cabelleras. Ya los párpados silentes, los ojos huecos de guitarras, el caminar de autómata de las gentes anunciaban delirios del cosmos, paisajes de cadenas, veredas marchitas. Sauces somnolientos y terapias de serpentina trajinaban con el lívido tictac del corazón para injertarle trombones y trompetas, holocaustos, veleros desvariados.
Tiemblan las campanas en la corte real mellada de validos y valientes. Han empezado las sirenas a cortarse las gargantas. Las cornetas se ahogan con el aire en un soplido inverso. Todos recuerdan aquellos otros tiempos que jamás existieron. Ha empezado el final de un cuento sin principio.