En esa embarullada y confusa época de la adolescencia, yo necesitaba la figura de un escritor al que idolatrar. Alguien que fuera el máximo héroe al que un pobre chaval juntaletras podía aspirar. Pero mentiría si digo que me comportaba como el alumno que estudia conzienduamente la obra de su maestro en pos de seguir su
camino. Más bien era como Daniel Larusso al principio de Karate Kid, cuando se flipa
pensando que con hacer tres aspavientos y medio ya se convierte uno en el señor Miyagi, maestro karateka. Así que busqué ese referente, pero daba igual no haber leído nada suyo ni tener claro lo que era el oficio de escritor. En el laberinto oscuro, melodramático e hiperhormonado en el que me encontraba perdido, yo estaba seguro de que aquella figura que había logrado grabar su nombre en la historia desafiando a la muerte y a la
tiranía del olvido (respirad), abriría el chorrazo de luz que me revelaría el camino. Él solucionaría todas mis dudas con el futuro y mis frustraciones en el presente. Él sería el profeta, el héroe, el Superman...
Y es que yo me había marcado el objetivo de escribir, pero lo que quería sobre todo era ser conocido. Muy conocido. Universal e intemporalmente conocido. Quería comunicar, sí, pero también y antes que eso quería que el mundo mirara mi nombre escrito en todas partes con letras de neón. En mis pajillas mentales solía verme como el premio nobel más joven de la historia. Con dieciocho años. Y dos cojones. Es cierto que todos tenemos ese punto de ego que nos invita a trascender, pero aquella fantasía era como si las noticias literarias salieran en la SuperPop. Yo creo que no deseaba ese trofeo tanto por la fama o por vanidad, sino por una necesidad de aprobación cimentada en lo solo que me sentía. Aquellos espejismos eran como un tripi del que salía con un colocón de falsa autoestima que se evaporaba al cuarto de hora dejándome con una resaca de autocompasión.























