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martes, 4 de junio de 2013

Literature Kid y El Poeta

En esa embarullada y confusa época de la adolescencia, yo necesitaba la figura de un escritor al que idolatrar. Alguien que fuera el máximo héroe al que un pobre chaval juntaletras podía aspirar. Pero mentiría si digo que me comportaba como el alumno que estudia conzienduamente la obra de su maestro en pos de seguir su camino. Más bien era como Daniel Larusso al principio de Karate Kid, cuando se flipa pensando que con hacer tres aspavientos y medio ya se convierte uno en el señor Miyagi, maestro karateka. Así que busqué ese referente, pero daba igual no haber leído nada suyo ni tener claro lo que era el oficio de escritor. En el laberinto oscuro, melodramático e hiperhormonado en el que me encontraba perdido, yo estaba seguro de que aquella figura que había logrado grabar su nombre en la historia desafiando a la muerte y a la tiranía del olvido (respirad), abriría el chorrazo de luz que me revelaría el camino. Él solucionaría todas mis dudas con el futuro y mis frustraciones en el presente. Él sería el profeta, el héroe, el Superman...

Y es que yo me había marcado el objetivo de escribir, pero lo que quería sobre todo era ser conocido. Muy conocido. Universal e intemporalmente conocido. Quería comunicar, sí, pero también y antes que eso quería que el mundo mirara mi nombre escrito en todas partes con letras de neón. En mis pajillas mentales solía verme como el premio nobel más joven de la historia. Con dieciocho años. Y dos cojones. Es cierto que todos tenemos ese punto de ego que nos invita a trascender, pero aquella fantasía era como si las noticias literarias salieran en la SuperPop. Yo creo que no deseaba ese trofeo tanto por la fama o por vanidad, sino por una necesidad de aprobación cimentada en lo solo que me sentía. Aquellos espejismos eran como un tripi del que salía con un colocón de falsa autoestima que se evaporaba al cuarto de hora dejándome con una resaca de autocompasión.

lunes, 29 de octubre de 2012

Punto Final: Fiction is Crime


"Si escribimos dejamos
heridas las palabras,
desangrándose juntas"
(Fernando Quiñones)

    Fueron subiendo en cada puerto y hablaban distintos idiomas. O al menos eso le parecía por los murmullos, acompañados de zapatos y perseguidos por equipajes que subían por la pasarela. El ojo de buey de su camarote sólo le devolvía imágenes de los zapatos, que rechinaban en la madera. Se giró y observó la cama recia, hipócrita. Se levantó del asiento con estrépito, cogió el vaso de agua que reposaba en la mesita y lo hizo estallar en el suelo. Estaba trémulo.

     Había pasado todo el viaje en el camarote. Las paredes se proyectaban hacia arriba. El techo se alejaba y se hacía más pequeño. Él era un ratón que miraba pasar desde un pequeño agujero a los habitantes de la casa, pero que se siente incapaz de salir. Sólo el pensar en subir a cubierta le causaba miedo y náuseas. El tiempo se volvió irracional. Los segundos y los minutos se mezclaban. Pero había llegado el momento. No podía esperar más. ¿Por qué si no estaba allí?

     A veces se había mareado en sus viajes, pero nunca como aquel día. Cuando estuvo en la cubierta, sintió  un dolor punzante en el estómago. Le temblaban las manos. El suelo se ondulaba y se retorcía. Caminaba inerte, las facciones en la cara, rígidas. Los rostros a su paso miraban y saludaban disciplinadamente. Se agarró a una barandilla y espero. La sacudida en el pecho se suavizó ligeramente. El temblor de su cuerpo continuaba, pero no iba a esperar más.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Tarde

Estoy sentado en la terraza de este café junto al mar, mientras el sol pone su chiringuito repartiendo morriñas y sueños. La ciudad gira y se enreda en su ciclo vespertino: el de las manos enredadas, las calzonas y las bicis, los niños que vienen y van. Y también otras rutinas más esporádicas: diálogos extranjeros de dos en dos seguramente camino a la gran ciudad móvil bajo el agua.

Yo también giro... la cucharilla del café.

Dentro, el Café no podría ser más canalla: Calamaro proclamando su locura, el blanco sucio de las paredes pidiendo a gritos graffitis de urinario. Y los consigue en el rojo, rojo canalla de los dibujos, y el negro, negro provocador de las palabras, los diálogos. Negra la tinta en la pared, negro el cante de un flamenco. Rojo y negro de mi acompañante.

Que no, que yo no quiero dinero, no, no, cariño es lo que yo quiero, no, no.

Cariño es lo que quiere, me figuro, ella, la del pantalón amarillo. Rosi, le pega de nombre. Seguramente va por el tercer o el cuarto cigarrillo. Lo supongo, no puedo oírla, sólo a Calamaro. Mi café está ya frío. Pasa un autobús con sueños y esperanzas, algún "qué voy a hacer de comer esta noche", qué voy a hacer yo a partir de ahora. Calamaro enfila los soldaditos del ejército del amor. Las gaviotas se suspenden en el cielo y en el mar. Otro autobús.

Nuestros silencios y miradas.

¿Qué pasa por nuestras cabezas? El ciclo de la tarde, digo yo, o espero. Y gira, y gira y gira... El sol cierra nuestro chiringuito de silencios.

— ¿Nos vamos?

miércoles, 17 de octubre de 2012

Rojo y Verde

La mujer salió del edificio blanco, la mole abigarrada que repartía la vida y la muerte de forma equitativa. Sintió el olor a fritanga de los churros y continuó decidida hacia la parada del autobús. Llevaba el gran sobre blanco en la mano, dentro está mi cabeza, pensó. Quizás fuera por eso, por pensar, que no advirtió la agitación de los árboles, el vaivén de las faldas, el viento de levante. No puede ser, se dijo, cuando sintió volar el sobre con la radiografía.

Lentamente vio cómo el sobre se posaba en medio de la gran avenida transitada y cómo los coches iban atropellándolo, uno detrás de otro. El hombrecillo de rojo en el semáforo. La imagen de la máquina metálica de luces convulsas fotografiándola por dentro. Sólo esa copia. Amagó con cruzar una, dos, tres veces. Veinte segundos, el tiempo que duraba la cuenta atrás del hombrecillo verde, bastaban para correr hasta allí y recuperar el secreto dentro del papel blanco. “Antes no había tantos adelantos hija”, había dicho ella justo en ese lugar hacía un par de horas. Vio las imágenes sueltas de la mañana el sollozo desgarrado del niño, el levante germinando por la mañana hasta erizar el cuello. Miró hacia atrás, como buscando a alguien. Sólo encontró a un chico con melena y auriculares, demasiado ocupado o demasiado alelado siquiera para moverse. Vio al sobre alejarse más, creyó haberlo perdido de vista.

~~~La luz cambió de color.~~~

martes, 9 de octubre de 2012

Detectives Salvajes

"He sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral. Por supuesto, he aceptado. No hubo ceremonia de iniciación. Mejor así."

Juan García Madero no sabía muy bien en qué consistía eso del realismo visceral cuando recibió la invitación. Yo tampoco. Él tenía 17 años y estaba en el primer semestre de la carrera de Derecho. Yo andaba por los veintitrés y había terminado la de Humanidades. Acababa de darme un varapalo con la realidad pues había suspendido un máster de Patrimonio Histórico (en mayúsculas curriculares y monetarias) que en el fondo nunca quise hacer. Necesitaba encontrarme a mí mismo y a un círculo en el que integrarme. Así que empecé por algo que en aquel momento, quizá egoístamente, creía que podía darme reconocimiento, quién sabe si fama, y buenas amistades, quién sabe si alguna relación.

De entonces hasta ahora ha habido un poco de todo, menos lo de la fama, aunque nada en la forma que yo esperaba. Sigo sin saber lo que es el realismo visceral pero por suerte conocí al grupo de invitados. Los Detectives Salvajes nos hacíamos llamar (y nos hacemos aunque cada uno ande por su peculiar vericueto y las reuniones evidentemente estén forzadas a ser muy esporádicas). Investigadores clandestinos que en vez de encontrar al sospechoso, buscamos, escogemos y perseguimos a la víctima. Estudiamos cada uno de sus pasos, observamos de forma sigilosa y metódica. Si somos descubiertos, el cuento acaba y eso es lo último que queremos. Preferimos contemplar el suceso, analizamos cada impulso, cada tic, no nos importa dejar pasar el tiempo porque sabemos que en cualquier momento podemos ver saltar la chispa, el hilo del que tirar para armar la trama. En vez de resolver casos, los creamos con nuestra presencia de observadores infiltrados, de voyeur pacientes... La clave del misterio está en nosotros.

Hasta dónde sé, ahora cada Detective Salvaje lleva casos diferentes. Perdí la pista de algunos de nosotros, la clandestinidad no permite prolongar los encuentros. Nuestro estado me impide revelar todo lo que sé, pero para su consuelo, querido lector, sí puedo dejar algunas pistas. Frases que me llegaron fragmentariamente, algún confidente anónimo, alguna nota que alguien se olvidó intencionadamente. Son estas: velocidad literaria, universidad, saturno aburrido, Antonio Gala, Cádiz, congrios voladores, filosofía, café y chocolate, sacapuntas, letras, tangos, Roberto Bolaño y Paul Auster fueron subiendo en cada puerto y hablaban distintos idiomas, Cortázar, Cortázar, Cortázar, ship brothers, chivos, flores y marinos... No les dice mucho ¿verdad? ¿O sí?

Según uno de nuestros preceptos, el del iceberg, sólo podemos mostrar "el pico" y no la gran montaña subacuática. Así que tendrá que ser usted quién resuelva el misterio, quizá ahora, quizá dentro de un mes, dos años, cinco minutos. Quizá para entonces yo ya sepa lo que es el realismo visceral. Quizá sea lo que estoy haciendo ahora.

PD: Lo que sí usted sabe ya, querido lector, es que podemos estar observándole. Puede que ahora mismo. Quizá usted sea la siguiente víctima.

martes, 18 de septiembre de 2012

Dolores

La madre los veía venir desde el ventanuco de la cocina cuando paseaban por la calle enfrente de la casa. Dolores iba pegada al hombro de Antonio. En sus brazos desnudos sentía el fino tacto del traje de chaqueta. Ella llevaba un vestido blanco de flores y una amplia sonrisa en el rostro. Los adoquines de piedra golpeaban en los pies bajo las zapatillas y la muchacha sentía molestia. Les acompañaba Joselito “el chico”, el hermano pequeño de Dolores. Iba dando saltitos, con su sonrisa picarona y su aspecto de diablillo con tirantes. Venían de pasar la mañana en la feria. Había hecho sol, pero a lo lejos se adivinaban algunas nubes oscuras. Cuando llegaron a la puerta de la casa, Antonio dijo que antes de pasar iba a comprar un vino. Ella asintió y fue a meterse a la casa con su hermano.

Antonio se marchó de vuelta calle abajo. Al llegar a una calle, encontró un burro atado a un pilote, enfrente de un bar donde departían algunos hombres bebiendo. Tenía dos cerones y dentro varias botellas de vino. La calle estaba tranquila. El sol apretaba en las sienes. Sólo se oía el rumor que venía del interior del bar. Una idea le rondaba la cabeza. Cogería algunas botellas para venderlas y llevaría una a casa de Dolores. No le gustaba robar, pero no era la primera vez que tenía que hacerlo. Quería causar buena impresión a la familia de la muchacha a la que conocería aquel día. Nadie se enteraría de aquello. Dolores aliviaba su soledad con su perpetua sonrisa. Pero aquel día le había mentido. Le habían echado de la obra por pelearse con el capataz. No tenía dinero. El sueldo era mísero pero al menos podía comer. Lo último que le quedaba lo había gastado esa mañana. Pensó vender aquel traje de chaqueta, pero era el último recuerdo de su padre muerto en la guerra. Quizás ella pudiera ayudarle a salir del trance. Aquel mismo día le confesaría su mentira. Pero llevaba varios días sin comer bien. Estaba desesperado. Y además, aquella tos bronca y la opresión en el pecho. Había estado enfermo todo el invierno y su salud no mejoraba. Se tocó la frente. Estaba caliente.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Rumpelstiltskin y el príncipe aburrido

Esta es una secuela o nueva aventura de Rumpelstiltskin que se me ocurrió escribir después de encontrar el cuento original. Está inacabada, no creo que la repesque para terminarla, pero ¿quién sabe? Quizá el enano me visite un día y me dé poderes para convertir el papel higiénico en best sellers xD

Había una vez un joven príncipe que en un castillo grande y lujoso. Era guapo y fuerte y tenía todo el oro y las joyas que podía desear. Desde pequeño había tenido cuanto quería. A su castillo acudían mujeres casamenteras de todo el reino. Pero el príncipe se cansaba de ellas y acababa abandonándolas. Se marchó del país en busca de aventuras. Visitó cortes extranjeras, luchó contra gigantes y demonios en bosques remotos. Pero, el príncipe tenía el ejército más poderoso y fácilmente acababa con todos los enemigos que aparecían a su paso. La victoria era sencilla y el príncipe se aburría de aquellas batallas. Volvió a su corte y entonces llamó a sus consejeros para que buscaran algún placer que le sorprendiera y que nunca hubiera experimentado, para así poder ser feliz. A quien lo lograra le recompensaría cuantiosamente. Pronto, el castillo empezó a llenarse de gentes venidas de todo el mundo que le mostraban los espectáculos más fascinantes que jamás hayáis podido imaginar, hombres que caminaban sobre el fuego, serpientes gigantes,  terribles fieras, increíbles máquinas de acero, mujeres de tal belleza que provocaban la ceguera en quien las veía. Pero nada de aquello le satisfacía. El príncipe seguía aburrido.

jueves, 2 de agosto de 2012

El Enano Rumpelstiltskin

Os voy a contar la historia del enano Rumpelstiltskin. Seguramente muchos conoceréis esta historia que se hizo famosa en la radio como "El Enano Saltarín". Esta versión la retoqué yo a partir de una encontrada en internet. De este modo me la preparé para contarla en el taller literario Campus Crea de la UCA.

Érase una vez un campesino muy pobre, que vivía con su hija, una muchacha muy hermosa. El campesino era incapaz de pagar el impuesto del grano, y por eso el rey fue a verle. Para intentar salvarse, el campesino dijo:

– No tengo con que pagaros, pero tengo una hija que es capaz de hilar la paja y convertirla en oro.
– Si es así como decís – dijo el rey – entonces, para saldar vuestra deuda, me llevaré a vuestra hija. Ay de ti, si me estuvieras mintiendo.

La guardia real se llevó a la muchacha que se lamentaba entre sollozos, y la encerraron en los establos del castillo. Le llevaron un montón de paja y una rueca, y el rey dijo:

– Durante la noche, tendrás que hilar toda esta paja y convertirla en oro. Si no lo haces, por la mañana, morirás.

jueves, 12 de julio de 2012

Remember nº 11: Fin de curso

Me vais a permitir que cometa la osadía de colgar este relato, uno de los primeros que escribí en un taller literario. El ejercicio consistía en escribir una historia sobre una anécdota importante de nuestra infancia. El resultado fue este relato basado en experiencias de niñez y preadolescencia. Hoy me avergüenza un poco por lo experimental e ingenuo, pero creo que es válido por lo valiente y aventurado. Seguramente no se entiendan muchas cosas, pero por ese valor que tiene para mí, siento que esta historia tiene también que estar aquí en el blog.

En la habitación de mi hermana hay una figurita de una bailarina. Si le doy cuerda, suena una canción. Ahora que la estoy oyendo, vienen a mi mente recuerdos de aquella excursión de fin de curso, cuando terminé la E.G.B. La canción es la lambada. Tendría doce o trece años:

Un día de primavera. Era muy temprano. Tenía mucho sueño. “Venga que ya es la hora”. Me puse la ropa. “Ten mucho cuidado”. Mi madre y yo subimos al coche. “No te vayas a perder”. Llegamos al colegio. “Tú siempre detrás de los profesores”. Muchos besos en mis mejillas. “Pórtate bien, ¿eh?” Una sonrisa entrañable en sus labios y su mano agitándose.

El autobús partió del colegio hasta la estación de Sevilla. “Venga, ahora bajarse, coged las maletas y todos quietos y a esperar el tren”. Los graciosos bamboleos del cojo, el profesor de inglés. Era simpático y se me daba muy bien su asignatura. Un fuerte peso sobre mis hombros. “Hola David”. “Hola Irene”. “¿Dónde vas con tantas cosas?” “jeje”. “No te quedes solo, allí está Jaime”. “¡Mirad, ya está aquí el tren!”

El traqueteo del tren, pesado, incesante, durante horas.

“¿Por qué me pitan los oídos?”

martes, 22 de mayo de 2012

Cita con Armando Lara - "Las palabras: puente de encuentros"‏

Muy buenas, queridos amig@s y compañer@s:

Este martes 22 de mayo, dentro de las reuniones de nuestro Colectivo Letras Libres, tendremos el placer de contar con Armando Lara, miembro de la Asociación de Personas Lectoras de Cádiz, fotógrafo, responsable de Intermón Oxfam en la bahía y buen amigo de nuestro grupo. En su visita, Armando nos hablará de ese tesoro humano tan importante que son las palabras y de cómo tender puentes de encuentro a través de ellas. Nuestro invitado nos dará algunas claves sobre la palabra hablada, sobre cómo dirigirse a un público, cómo captar la atención de los oyentes, cómo involucrar a todos con la mirada, los gestos y la voz. Compartirá con nosotros su experiencia en el campo de la comunicación y estará dispuesto a escuchar todas las preguntas que queramos hacerle.

Será entre las 19 y las 21 horas de la tarde en el centro Box de Chiclana (calle de Severo Ochoa s/n). Cualquier persona que quiera asistir está invitada a hacerlo. Os animo encarecidamente, pues seguro que merece la pena. Los que le conocéis, sabéis que Armando es una persona que nunca aburre y que siempre sorprende. Y si queréis saber más de él, seguid el hilo que os he dejado algunos datillos más...

sábado, 29 de octubre de 2011

El Ojo de Buey (parte 3 de 3)

Quizá ese hombre había robado los planos y pretendía causar un sabotaje, quizá era una venganza contra alguien de la tripulación. O quizá iba a cometer un crimen contra algún viajero. Podían ser los Smith, o su querida Patricia. Roberto volvió a su cuerpo cuando el sol ya iba dejando rayos morados y violetas. Balbuceó: “Tengo que salir de aquí”. Se dirigió a la puerta, puso la mano en el tirador. Lo oprimió haciéndolo bajar, pero volvió a soltarlo. Miró de soslayo el ojo de buey. Esperó unos segundos con la mirada hacia abajo. Volvió a bajar el tirador y volvió a soltarlo varias veces más y en cada movimiento ponía la vista en el círculo de cristal. Se dio la vuelta y apretando los puños, se dirigió a la otra pared. Echó la silla hacia atrás y se levantó de puntillas contra el escritorio. Ya había anochecido.

Era la hora en que todos los pasajeros solían estar en sus camarotes, para ducharse y vestirse con ropa elegante e ir a cenar al restaurante. Sin embargo, el extraño no estaba en el suyo.

domingo, 23 de octubre de 2011

El Ojo de Buey (parte 2 de 3)

Patricia era diferente. Le decía así por parecerle ese nombre musical, porque casaba con ella. Viajaba sola, como él, en un camarote pequeño, como el suyo. Recordó los días que había pasado observándola. Vestía en seda por las noches y se sentaba en la cama pensativa. El pecho le sacudió y los pantalones le apretaron. Imagino que quizás huyera del mundo en que vivía, buscando el amor o una aventura, o quisiera escapar del ruido de la ciudad. Muchas veces ella miraba al mar con una suave sonrisa a través de su ojo de buey, y él veía su cara justo enfrente, y se sentía como un enamorado. Esa mañana, la vio recoger un pintalabios de la mesita y echarse perfume. Abrió la puerta detrás de la cual esperaba un tipo. Maldijo. Se sacudió sus películas de la cabeza.

Siguió su paseo, parándose unos segundos en otros camarotes sin ver nada que le pareciera interesante. Alguien venía a recoger unas llaves olvidadas, otros iban al baño. Entonces reparó en una persona nueva.

viernes, 30 de septiembre de 2011

El Ojo de Buey (parte 1 de 3)

Fueron subiendo en cada puerto y hablaban distintos idiomas. Eran hombres de negocio, amas de casa, estudiantes, niños, ancianos. Cuando llegaban, las familias entraban a su camarote con una expresión vivaz y los niños alborotando y tocándolo todo. Los viajeros solitarios contenían sus facciones y deshacían tímidamente las maletas. Cuando se habían establecido, algunos se sentaban en la cama sin zapatos y se miraban sonrientes en el espejo. Los enamorados charlaban joviales, o hacían el amor furtivamente. Los ancianos jugaban al mus. En el sueño, Roberto hacía recuento de todos los pasajeros que había conocido.

Cuando despertó, pasó la vista por todo el camarote. Se fijó en el calendario que había en la pared justo al lado suyo y por encima de la cama en que estaba tumbado. Marcaba el 30 de septiembre.

viernes, 1 de julio de 2011

El Cielo de los Gigantes (Parte 3 de 3)

Entonces me fijé que la calavera tenía un boquete redondo y pequeño en mitad de la frente. Estaba claro, era un gigante peludo de tres ojos de las cuevas de Mongolia. Seguramente el resto del esqueleto tenía que estar desparramado, oculto entre la montaña de basura. Pero claro había otro problema. El padre Lucas había dicho que ni los perros, ni los gatos ni los animales van al cielo ni al infierno. Y yo no sabía si los gigantes peludos de tres ojos iban a algún sitio. Pensé en que al pobre gigante le podría haber caído encima la montaña de basura mientras dormía, igual que le habían caído los escombros a San Francisco en la capilla, y me dio mucha pena.

Pensando en esas cosas, no sé por qué me entro una calor y un sueño muy grande, creo que fue por el sol o por la peste, y ya no me acuerdo bien lo que pasó después. Sólo que me sentía muy a gusto por haber encontrado la cueva y la calavera del gigante, que ya no me daba ningún miedo, y que me daba igual si era pecado o no estar allí porque era lo mejor que me había pasado nunca.

Lo malo es que Luís, Luisito Benítez, además de un cobardica y un rastrero, va para monaguillo.

lunes, 20 de junio de 2011

El Cielo de los Gigantes (Parte 2 de 3)

Fue entonces cuando vi la calavera. Yo sólo había visto una calavera en el esqueleto de la lección de Ciencias de la Naturaleza, Higiene del Sistema Óseo, en la enciclopedia Álvarez de tercer grado. Bueno, pues esa calavera de la enciclopedia Álvarez tiene una boca muy pequeña, unos ojos redondos y una nariz chata. Me recuerda a la cara de Don Antonio, el de las frutas, el que siempre me hace morisquetas cuando voy con mi madre al mercado. Mi madre dice que es muy buena gente, pero que le vende unas naranjas que están más secas que un polvorón de esparto. El caso es que Don Antonio es calvo y me recuerda a mí la cara sonriente de la calavera de la Enciclopedia Álvarez.

Pero la Enciclopedia Álvarez no sabe de calaveras.

Luís, que como es muy cobarde estaba temblando, dijo que estábamos en el infierno, que la calavera era de un pecador de los malos. Le contesté que cómo iba a ser el infierno, si no había fuego ni demonios con cuernos por ninguna parte. Entonces me dijo que tenía miedo y que se iba. Que ya no me juntaba más, porque se iba a cagar en los pantalones y que ya estaba bien con la bronca que iba a echarle su madre por haberse manchado los zapatos Gorila. Así que se fue y yo me quedé solo. Solo con la calavera.

domingo, 12 de junio de 2011

El Cielo de los Gigantes (Parte 1 de 3)

El padre Lucas se empeña en decir que si le hacemos caso algún día seremos hombres de orden. Él desde luego eso del orden nunca se lo salta. Adán y Eva, la serpiente, una pareja de cada animal, la torre de Babel, Abraham y Moisés… Todos los años la misma historia, uno detrás de otro. Los niños con los niños, las niñas con las niñas. Los buenos al cielo y los malos al infierno. Pero hay cosas que, por más que el padre diga, yo no les encuentro sitio ni entre pitos ni entre flautas.

Me di cuenta el otro día cuando lo de la cueva y la calavera. Me escapé del sermón del padre Lucas aprovechando que él estaba vuelto de espaldas, salí por entre las banquetas de la capilla como una serpiente. Cogí el camino de detrás del colegio y subí al monte desfilando como un soldado del Hazañas Bélicas. Después de un rato me encontré con la entrada de la cueva. Estaba escondida entre las piedras y los árboles por la vereda que va a las viñas. Llegar hasta allí y entrar en la cueva fue la aventura más grande que yo podía imaginar. Yo era el Capitán Trueno buscando al Dragón de Gontroda, el capitán Hills cruzando la selva negra, Simbad el marino en la gruta de las maravillas.

Luisito Benítez también venía.

martes, 2 de noviembre de 2010

Sardinas

La puerta del balcón que daba a la cocina tenía el cierre flojo y se abría con facilidad. La vieja veía la televisión cuando el viento la abrió. A la mujer le entró frío, se levantó y fue renqueando a la cocina. Entonces vio un pequeño gato negro sentado en el suelo, olisqueando hacia la mesa donde había un frasco con sardinas. Empezó a mirarla con ojos tristes y brillantes, pero ella cogió la escoba y dio varios palos que el gato esquivó hasta huir por la puerta del balcón. Malhumorada la vieja cerró la puerta y colocó sobre ella una silla para que no se volviera a abrir. Era de noche.

El viento soplaba más violento aún. Apagó la televisión y fue a buscar una bata a su cuarto. En ese momento llamaron al timbre.

domingo, 31 de octubre de 2010

Caja de Arena

Serían las tres de la mañana cuando despertó. Afuera llovía con fuerza. El viento escupía ramas rotas y arena. De vez en cuando, un relámpago lejano arañaba la oscuridad. Los árboles parecían querer sacudirse el agua. La tapicería del Ford Mustang negro aguantaba estoicamente el chaparrón. El cartel de Hot Fudge Ice Cream, frente a la puerta de salida del edificio, nunca se había visto en otra igual. 
Se llevó las manos a la cara, se desperezó, y acarició con las uñas el brazo desnudo que tenía a su lado.

– Fer, ¿puedes dormir?
– Contigo arañándome el brazo, no. – contestó él.
– No puedo dormir con este tiempo… este apagón, esa mujer tan rara de ahí abajo, y con… – se detuvo unos segundos – la historia que circula por ahí sobre este sitio…
– ¿Qué historia?

sábado, 24 de julio de 2010

Enhorabuena a los ganadores de los 5 mejores blogs by Tertulia Andaluza

Felicidades a los cinco galardonados como mejores blogs de Andalucía, en los premios otorgados por Tertulia Andaluza. Entre los ganadores está mi compi Frasco con su blog Los Flying Congrios: literatura desgarrada, vívida y canalla, rayando en lo políticamente incorrecto, palabras afiladas como navajas, historias desenterradas de los subterráneos callejeros y emociones crudas e intensas. Enhorabuena compañero!

Los otros cuatro ganadores son blogs de diferente género. Reconozco que alguno me atrae bastante más que otro pero felicidades a todos:

- Periana y Pedanías: currado blog sobre la historia y la cultura de esa localidad malagueña. Curioso.

- El Alcalde de Jun: blog del alcalde de la localidad granadina abierto a la interacción ciudadana.

- Galimatías Cádiz: interesantísimo blog sobre cultura, opinión, crítica literaria. Este lo recomiendo encarecidamente.

- Rosas y Mosquitos: otro blog gaditano sobre cultura y música. También interesante.

Conger conger

domingo, 7 de junio de 2009

Delante del espejo

Son las siete de la mañana y un vendaval de luz repentino despierta a Alicia. Es su hermana que ha abierto la ventana del cuarto. Se acerca a Alicia, le zarandea el hombro y le dice que vaya a lavarse y vestirse. Alicia desearía quedarse en la cama hasta las doce, pero tiene que desayunar antes de que llegue su institutriz. Mientras su hermana cepilla entre tirones su pelo rizado y moreno, que ella preferiría llevar enmarañado, Alicia piensa en su institutriz. Piensa en su cara de serpiente y su trasero de mono, y en cómo empezará a darle aburridas clases de matemáticas, lengua e historia de Inglaterra. Ella preferiría estar jugando con su gato imaginando que es un león de circo que salta por su aro de la comba de fuego, o revolcándose en la arena del jardín soñando que atraviesa el África. Durante el desayuno, Alicia contempla a su padre, un hombre que vivía detrás de un periódico, y le oye mascullar algo sobre un tal Gladstone que iba a llevar a no sabía ella qué tragedia a su país; y a su madre, que se pasaba el día en el salón cuchicheando con señoras gordas, estiradas y aburridas. No entendía como se habían puesto a gritar como locas aquel día cuando Alicia fue a enseñarle algunos bichitos que había encontrado en sus aventuras por el desván: cucarachas y graciosos ratoncitos. Cuando termina de desayunar, es hora de sus clases. Mientras su institutriz la agarra por la mano camino del bosque, donde recibirá su lección de historia, Alicia empieza a mirarse su vestido azul. Odia los colorines estridentes. Preferiría llevar algún traje negro con volantes blancos y medias a rayas negras y rojas, o ir desnuda con un turbante como los indios que había visto en los libros. Pasado un rato de lección, Alicia decide que no va a aguantar al siguiente Eduardo rey de Inglaterra, pues ya iban siete u ocho, y se escapa sigilosamente dejando atrás a la cara de serpiente que seguía con su cantinela. Empieza a pasear por el bosque y de pronto algo atrapa su atención. Algo se mueve cerca de ella entre unos matorrales. De pronto, una curiosa figura, un pequeño conejo blanco vestido de traje sale corriendo. Parece tener mucha prisa y Alicia lo persigue durante un buen rato. Así, llegan hasta un claro, y el conejo se mete a toda prisa en un agujero en la tierra. Alicia mira la oscura madriguera y se pregunta qué misterios esconderá ese lugar...


Imágenes
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