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viernes, 28 de junio de 2013

La Cuerda del Equilibrista

(clica en la imagen para ver un vídeo)

No bastaron los pescozones en el cuello ni la voz de tijera de sus padres para cortar aquella pasión que le tamborileaba en el pecho, que le bailaba en la melena, aquel gorgoteo de aviones que le invitaba a descalzarse en las aceras y caminar con un pie tras otro por el bordillo. Su madre, que era la adivina de la caducidad del tiempo, antes que eso prefería verle de tragafuegos o de ilusionista. Su padre, un ilustre malabarista de burbujas, amenazó con quitarle su puesto en el circo si seguía empeñado en aquella idea de tan baja ralea. Pensó hacerse domador de gatos filósofos como algunos de sus compañeros del colegio. O ingeniero de sueños imposibles como uno de sus mejores amigos. O tal vez, entrenador de pelícanos poetas como aquel maestro que le enseñó a confiar en su corazón. A la vez que crecía, cambió las primeras escaramuzas en bordillos por los pasamanos o las verjas. ¡Si es que no puedes tener los pies en el suelo como las gentes de bien! repetía su madre. ¡Si es que te salen pájaros en la cabeza! ¿Y estos pelos qué son? insistía su padre. Hasta que un día, al fin, se animó a caminar por el tendedero que iba de la ventana de su casa a la de su vecina, una jovencita que por las mañanas hacía de mujer balín de plomillo y por las tardes estudiaba la magia de las palabras voladoras. Al subirse, los pies le chisporroteaban de miedo, se trastabilló muchas veces, se cayó más de mil y más de dos mil pensó no volver a subirse. Pero fue cogiéndole el truco, y caminó y caminó por la cuerda. Su número acabó gustando a las gentes del circo y sus padres acabaron aceptando a regañadientes que su hijo se dedicara a la imprudente y poco respetada profesión de equilibrista de cuerdas flojas.

El joven creció y creció y se convirtió en uno más de la gran compañía. En las alturas conoció algunos amigos que se paraban a hablar con él: un capitán de barcos a la deriva, un trapecista que se colgaba en notas musicales, una gitana vieja que volaba en un sol de luciérnagas trompetistas, un títere que viajaba en nube y que se había escapado del marionetista a costa de perder las manos. De lejos vislumbraba maravillosos mundos, islas distantes que flotaban en el aire. ¿Qué maravillas existían allí? Deseaba tener algún medio para poder visitarlas. De vez en cuando encontraba tesoros que habían caído en la cuerda: una orquesta de flores de corbata, una tarta de fresas volcánicas y hasta un nudo de sueños sin deshacer.  Un día, después de terminar una función más agotadora que de costumbre, se dio cuenta de que le habían crecido unas pequeñas alas en los pies y en las manos. ¿Acaso sus tobillos y sus muñecas se habían descascarillado como huevos de codorniz y habían revelado lo que realmente había en su interior? Una certeza le asaltó. Le tembló todo el cuerpo, pero supo que los buenos momentos le acompañaban, que por fin podría conocer esos nuevos y fascinantes mundos, y que siempre podría bajar a visitar a su familia y amigos. Sacó las tijeras de inaugurar alegrías, guardó todos sus tesoros en la mochila, respiró tres veces, miro arriba y abajo y después sólo adelante... Y entonces cortó la cuerda y se abalanzó a emborracharse de azul, a abrazar a las nubes y a bañarse de soles. Se embadurnó de las selvas de fuego verde, se fascinó con las canciones de los piratas del viento, conoció a las musas de los ríos del futuro, tocó el saxofón con los camaleones salvajes, se enfrentó al ejército de seda de los gusanos nostálgicos, brindó por la vida con los bandidos de la esperanza. Ahora se explicaba por qué nunca había tenido los pies en la tierra, por qué siempre le anidaban pájaros en la cabeza. Los años de equilibrista le habían enseñado a desoír al vértigo y a no tener miedo a descubrir cosas nuevas y misteriosas en las alturas. Aquel día, cuando cortó la cuerda, descubrió que tenía alas y que lo que siempre había querido era volar...


4 años, 7 meses, 22 días, 390 entradas y muchas aventuras después, hoy el Equilibrista llega al otro cabo, al otro extremo de la cuerda. Hoy este blog termina su andadura. Es una decisión que tomé hace algunos meses con ciertas reservas, pero desde entonces hasta hoy una serie de indicios, de coincidencias de la vida, me han hecho confirmarme en que podía ser este el momento de dar este paso. No habrá más entradas, pero La Cuerda no se corta, seguirá colgada con todas sus pinzas para que podáis subiros a ella siempre que queráis y recordar las aventuras que nos han sucedido hasta aquí. Todo lo que ha surgido en este blog va a permanecer de alguna manera, no voy a arrojar nada a la basura. Iniciativas que empezaron aquí las retomaré en otros lugares, pero será cuando se abran nuevos círculos. La puerta no la cierro, la dejo encajada. Ni que decir tiene que toda la experiencia que llevo hasta aquí me la quedo en la mochila. Y tranquilos, que no voy a dejar de escribir. Simplemente necesito cambiarme de traje, dejar de ser Equilibrista para ser otra cosa. El qué, no lo sé, ya lo iré descubriendo. Va a ser difícil porque este blog es parte de mi vida y se ha convertido en algo importante. Pero sé que es el momento de ponerme a prueba y atreverme a hacer cosas nuevas, a visitar nuevos caminos y universos. Inciertos. misteriosos e inseguros, pero nuevos, deslumbrantes y apasionantes. Gracias a tod@s por darme vuestro continuo apoyo, por animarme, por jalearme, por secarme las lágrimas, por enseñarme tanto. Nos seguimos viendo, batid bien vuestras alas porque sopla muy fuerte el viento y trae arena a los ojos, pero sobre todo volad sin miedo porque hay muchos mundos por descubrir. 

Un abrazo, amig@s
Deivid

lunes, 17 de junio de 2013

Odd Smoke

Han pasado veinte inviernos desde que Odiseo bajó a por tabaco al quiosco de Troya la sin dientes. Aún hoy, Penélope sigue tejiendo un jersey que ya huele a testamentos. Telémaco ya no juega con el perro porque el perro ahora está muerto y porque él ya no juega. Es un hombre a punto de casarse que no va a recibir ninguna llamada de felicitación de su padre. El abuelo Laertes se pregunta en el asilo en qué falló con su hijo. En cambio, la abuela Anticlea no para de reír. Sólo el Alzheimer sabe por qué.

A muchos kilómetros de allí, en el puticlub Las Sirenas han dicho que alguna vez vieron al hombre de la foto amarilla y arrugada. “O puede que fuera uno que se le parece. Pasa tanta gente por aquí.” Circe, la madame, se niega a hacer declaraciones a la policía. Su hijo Telégono deambula por las calles pidiendo dinero para marihuana. “Ha salido a su padre”, piensa Circe sin decirlo nunca.

La familia de Odiseo va a mudarse a otro vecindario. Para olvidar ese hueco que nunca volverá a ser rellenado. En un cajón de la mesita de noche, debajo de un montón de papeles, Penélope encuentra el mechero favorito de su marido. Tiene grabado un letrero que dice: “Mecheros Hestia – Para mantener siempre encendido el fuego del hogar.”

Para el cuadernillo del Club de Lecturas Libres 2013: "Los Círculos de Ariadna".
El montaje (con Nono de "Ulises 31" y la página de Error 404 de Explorer) es mío.

lunes, 10 de junio de 2013

Manual del sepulturero, Capítulo 33 y 1/3: Aplanamientos, abultamientos y levantamientos de tierra

Una vez efectuada la sepultura del cadáver o féretro y rellenado el hoyo con abundante tierra, debe usted proceder al correcto aplanamiento de la superficie, una operación primordial para obtener una estética pulcra, armónica y deleitosa en el camposanto. Asimismo usted debe velar por el futuro mantenimiento de esa superficie y actuar en el caso de repentinos abultamientos, movimientos telúricos, y otros indeseados levantamientos de tierra por causas procedentes del exterior o el interior de la fosa.

1- APLANAMIENTO DE LA SEPULTURA

Las paladas de arena arrojadas con rudeza dejarán la sepultura con un aspecto tosco, asimétrico y lleno de bultos que usted debe encargarse de pulir y aplanar con mimo y fruición. En el kit de utensilios del sepulturero marca ACME, encontrará usted una serie de palas de jardinería con las que obtendrá la precisión necesaria para esta labor. Con la pala de punta cuadrada debe usted eliminar los restos de los bordes. Por el centro utilice la pala de punta redonda para quitar la arena y las piedras sobrantes. Una vez realizado este proceso, recuerde rastrillar bien la tierra y después alisar con la pala de zapa ayudándose de su mano. En el caso de no tener usted un kit de utensilios del sepulturero marca ACME, puede recurrir al cubo y las palas de playa de su hijo, el sepulturero chico. Le serán útiles también las paletas de jugar al tenis, y así podrá darles usted un uso más oportuno que el de molestar a sus vecinos que tranquilamente están tomando el sol o comiéndose el bocadillo de tortilla y el gazpacho. Finalmente, debe barrer con delicadeza el terreno usando una brocha del número 27 para pintores abstractos marca Hüberman, o bien una brocha de afeitar para cutis de boxeador marca Vanderburg o una de maquillaje para limpiar el corazón marca Hermann.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Sueños de tres noches de verano


UN DESEO 

Sonía podía verlo todo desde aquel pequeño agujero. Pequeños haces de luz como luciérnagas en la noche se entrelazaban ante su mirada profunda, expectante. Veía su vida pasar ante sus ojos en pequeñas estrellas, algunas fugaces, trozos de piedra cayendo de un cometa. Sabía que las estrellas fugaces eran cosas buenas, eran oportunidades de las que hay que coger rápido, al vuelo. Eran pedazos de luz que, por un motivo u otro, se volatilizan si no las coges, si no las dejas quietas y junto a ti, para siempre.

Este texto lo encontré en el armario "donde los papeles viejos". Puede tener más de diez años y seguramente yo pensaba continuarlo. Ahora recojo aquí esa estrella y sólo añadiré al texto que pidáis un deseo. La estrella fugaz de neón me cayó
de Neon Artists.
DOS ZAPATOS

Dos zapatos sueltos en la playa entrelazan sus cordones y sonríen bajo la luna porque la arena, o el amor, les hace cosquillas, y porque sienten que el tiempo discurre de manera diferente cuando no se tienen los pies en la tierra.


Este es de un juego creativo ideado por La Maga en Arte y transformación con un flash fotográfico zapateado por Gitana Rubia
TRES CABEZAS

Aún no duermen. Aún hablan. No quisieron oír la orden, disfrazada de consejo, que les dio El Cojo. Prefieren disfrutar de una charla que sabe a pájaros y luciérnagas. Tres cabezas se asoman de las sábanas de tres camas y se cuentan sus sueños hablándole al techo. Hablan de amores furtivos, de escapadas nocturnas a discotecas, de los padres tan lejos, de la libertad tan cerca. Hablan como si el tiempo estuviera hecho de relojes rotos. Las palabras pequeñas y bajísimas suben flotando hasta colgarse de la lámpara. En pocas horas, oirán el toctoc de la puerta, los profesores irán cuarto por cuarto avisando de que es hora de ir a la montaña, de salir de excursión, que el bus no espera. Pero ni el sueño ni la mañana importan esta noche. Lo que importan son los sueños y el mañana. Los sueños son de agua, neón y cartulina. El mañana es un gigante de tres cabezas que vive lejos, en una llanura de nubes, más allá de las estrellas.

Quise completar la trilogía con el tercer sueño de verano y me vino la imagen de una noche en Lleida durante la excursión de fin de curso de E.G.B. Una noche que pudo ser la de hoy pero en 1997, porque aquel viaje fue exactamente durante estas fechas. ¿Casualidades? El cielo estrellado es de la Vía Láctea en los Pirineos, obra de Unai González.


Y este otro cielo estrellado es de "La Biblioteca de los Jóvenes Castores", una colección de libros infantiles de la que tuve algunos volúmenes (imagen de todocoleccion.net) y con la que aprendí lo que eran las estrellas fugaces. Al recordarla, sentí que tenía que estar en este post.

viernes, 17 de mayo de 2013

Ojos de Pascua (Procession Blues)

No los conoce ni los espera pero unos ojos azules la miran fijamente desde la otra acera de la calle. Pronto se dará cuenta y se dejará atrapar por ellos, y un rubor de amaneceres, que ya creía olvidado, se le instalará en las mejillas. Y eso que hacía pocos minutos ella había dicho que para qué iba a moverse de casa. ¡Para qué iba a ir a verla, si ya la llevaba por dentro! Y sin embargo había accedido a la costumbre una vez más, un día más, un año más.

Y por eso ahí está. Con Daniel agarrándole la mano, sumergida en la turba que espera la procesión con una ansiedad milenaria. Cuando ya cree que ha recogido suficientes provisiones de paciencia, despliega el mapa mental de una tarde larga y aburrida, y entonces, se topa con los ojos azules. La miran a ella. ¿La miran? No, no puede ser. Sí, es a ella. A ella, a ella, no a ninguna otra. La miran sin despegarse, sin dar la excusa de los parpadeos, sin esfumarse en una coincidencia. Entonces, siente el chispazo de la inquietud y se hace la despistada. Sus pupilas revolotean como abejas eléctricas y se posan en otros rostros desconocidos... Pero de nuevo caen en la miel azul. Se deja invitar, se deja sugerir, se deja guiar, se deja soñar por esos ojos azules hasta darse cuenta que ya ni puede ni quiere despegarse. Hasta saber que todas las cosas que pasan y que tienen que pasar por esa calle, van a violar ese beso mudo y a distancia, van a desgarrar la armonía del encuentro con unos ojos azules que ¡cómo son las cosas! no venían en el itinerario de su vida. Y para no perderlos de vista, su mirada va esquivando los cirios, los capirotes, el humo quejumbroso del incienso, los candelabros, los tricornios, el agrio madero del Cristo, las espinas, los estandartes, los reproches vestidos de sotana. Y la vigilia de corbata y la abstinencia de mantilla, y el qué dirán con sus tambores y cornetas cadavéricas, que arañan sin permiso el corazón y el estómago.

Es algo mucho más pequeño y mucho menos ruidoso lo que va a hacerle perder de vista a esos ojos. Un tirón en el brazo, tenue pero preciso, la obliga a mirar hacia abajo.

—Mamá, ¿por qué tienes la cara roja? —le pregunta Daniel mientras le clava sus ojos vírgenes.
—Nada, que me habré emocionado con el Cristo —contesta ella y es ahora cuando vuelve a levantar la cabeza y se da cuenta que a los ojos azules se los ha tragado la multitud que ya se derrama achacosa y estéril por toda la calle. —Anda vámonos, que tu padre ya tiene que estar en casa, desesperado para que le haga la comida.

En el camino a casa procesiona con Daniel en los brazos, volviendo de vez en cuando la cabeza hacia atrás. No vaya a ser que tenga en la espalda la marca de unos ojos azules.

--o--
Fotografía de Paco Abad, "azulterada" por mí

jueves, 25 de abril de 2013

Frontera

Más allá de esta cama: el ruido, un calcetín tirado en el suelo, la cena sin hacer, un murmullo de sondas vacías, los coches que no dejan de pasar, el vértigo azul de los párpados cerrados, una bolsa de patatas fritas, la soledad y las vías del tren…

Más allá de esta cama: el tiempo, un vasito de agua, la vida en otros planetas, facebook y Rouco Varela, el dolor en los coches rojos, las turbas de gente en los grandes almacenes, las interferencias del miedo, una botella de Jack Daniels, la lluvia y los bolígrafos que no pintan…

Más allá de esta cama: la vida, una zapatilla con los cordones desatados, los trofeos perdidos y los ojos agrios, el telediario de las 3 y el de las 9, la lavadora y el saxofón de John Helliwell, el manicomio de los móviles inteligentes, la guerra, el café que ya silba, el sueño, las azoteas y la muerte…

Más acá de esta cama, tú, desbaratándome todos los mapas.

lunes, 15 de abril de 2013

El camino largo a casa

Una vez más has cogido el camino largo a casa. Vas por la calle creyendo que eres un Romeo, de esos que tienen el papel protagonista en las series de la tele. Eres el hazmerreír del vecindario y lo sabes, pero te da igual. ¿Qué más da? Te lo estás pasando tan bien. Pero hay veces que sientes que sólo eres parte del decorado. Y entonces viene el bajón. Tu mujer parece creer que eres como un mueble más del salón. Curioso. Con lo agradable que ella solía ser al principio.

Por eso estás ahí otra vez, de nuevo recorriendo el camino largo a casa. Porque cuando los días solitarios suceden a las noches solitarias, te marchas a hacer un viaje por las luces de la ciudad. El camino largo a casa. Nunca ves lo que quieres ver, siempre estás actuando de cara a la galería. Y coges el camino largo a casa. Cuando estás en ese escenario, todo es tan increíble, tan inolvidable, cómo te adoran... Pero entonces te acuerdas de que tu mujer cree que te estás volviendo loco. Qué desastre. ¿Es que no hay forma de salir de esta?

¿Es tu vida una catástrofe o es una lección que te da el mundo? "Para que crezcas de una vez, chico". Cuando miras hacia atrás y piensas lo que podrías haber sido, a lo que podrías haber llegado... Si hubieras tenido más tiempo... Así que cuando llega el día y vuelves a sentar cabeza, ¿quién tiene la culpa si no estás? Cogiste el camino largo a casa. El camino largo a casa. Y una y otra y otra vez más.
---o---
Adaptación de la canción de Supertramp "Take the long way home" con letra y música de Roger Hodgson. 
Imágenes (no me he podido resistir a poner las tres) de Abdiel Mendoza y Elkin Marulanda. La de los pies descalzos aparece en varios blogs, pero no he logrado identificar el autor o la autora.

domingo, 7 de abril de 2013

Después

Una noche, el hombre que vende seguros teme llegar tarde y, aunque no quiere mancharse los zapatos de barro, entra al parque para cortar camino. Tres minutos después, el hombre siempre acelerado por las prisas y la soledad mira su reloj, pero no advierte el árbol de enfrente. Un minuto después, el hombre dolorido y desorientado se levanta a tientas, se da cuenta de que tiene las gafas rotas y el traje sucio. Un segundo después, el hombre perdido en la oscuridad y en la miopía, maldice cinco veces al mecánico del coche, seis a su mujer y ocho a su jefe. Cinco minutos después, el hombre que procura recuperar su lugar en el mundo sabe que un despiste no puede justificarse como accidente laboral, pero merece la pena intentarlo. Dos minutos después, el hombre en reconstrucción está revisando sus documentos cuando una racha de levante se lleva todos sus papeles. Diez segundos después, el hombre que se derrumba sobre sus rodillas se siente débil y absurdo y llora mientras mira con nostalgia la zona de los columpios. Cuarenta años antes, el niño enérgico y risueño juega en el parque a ser un superhéroe que arregla los problemas del mundo.

Relato para el II Certamen de microrrelatos "Colectivo Letras Libres"
Imagen traída por el viento desde aquí

martes, 2 de abril de 2013

El Prólogo Inédito de FRONTALES (o “Las Increíbles Aventuras del Veloz Murcielaguillo”)

Aquí va el prólogo que nos tiene que pasar (esperemos) Jesús Romero. El veloz murciélago comía algarrobas en la aldea de las encinas periféricas. Desde la esquiva altitud veía fusionarse a los púlpitos borogobos con las deseadas gimnospermas. En los valles barbitúricos se alzaban analgésicos los unipladios. “Dos y dos son cuatro” pensaban los académicos de la lengua fecí en sus bibliotecas de Calatrava de Oz. Entonces con un giro looping atmosférico, el veloz murciélago comedor de algarrobas voló hacia la parte póstuma del gran chopo de la toposfera ascendiendo cual silábico altramuz. Entre tanto veíanse irisadas las huellas de los pitiformes azulejando la fracasada india vendecompacs entre las siete y la hora del té edredónico.

En la jerga hay erizos. Erizos como los que encontró el murciélago volador mientras conversaba con el pollo pelado que miraba para otro lado y tras sardónico coloquio colocado en estratégico punto de la narración, quedó dormido para dar paso a los erizos de la comparación del principio de la oración. El veloz murciélago se dirigió hacia ellos con buen y espinoso talante:

“¿Está el enemigo? Que se ponga.” A win visible. A win visible. Y el veloz murcielaguillo urkeliano con sus miradas tan tiernas vio un regalo sorpresa de un premio que para él no era ¿o sí? y que todavía no debía ser entregado. Enton, los erizos con cara de maestro enreverbenao y traje de Dior de ejecutivo mutuo madrileño, de asco pusieron el semblante y reprendieron al veloz murcielaguillo asustado y gritagónico fónico. Y Jesús Romero que no venía, y no venía, y el sagrado templo vacío de cristales y vorogovado. Anda que mandan wee. Y entonces el veloz murcielaguikki… illo, en un sacrosanto expediente de recurso administrativo, consiguió trajinar la flecha con cuerda al hilo lanzada y clavóla en la diana justa, precisamente en el centro, en la casa del jefe búho para que todos los aldeanos gimnoespérmicos la vieran.

Y fue así como el veloz murcielaguillo triunfó sobre los alados celtéreos del chuchuflato y celebrólo con vino de Sigüenza, cachimbambas barbitúricas y algarrobas de selección epañola calité a tutiplén sumicius. Alea jacta, ahora vas y te jactas. Fin.

martes, 26 de marzo de 2013

Y dijo Dios: ¡Háganse los mamones!

Y dijo Dios: ¡Háganse los mamones! Y creó a Herodes, y de su costilla a Nerón y del cúbito derecho de éste a Calígula; y a Alejandro VI de un diente de Atila, y de la pelvis de Napoleón a Hitler, a Mussolini y a Stalin, y de sus tobillos a Bush, a la Tatcher, a Zapatero y a Rajoy. Y añadió que para ellos sería el reino de los cielos. Y así hizo, año tras año, era tras era. Pero Dios tenía un hermano que se rebelaba una y otra vez. Él quería blandir un nuevo amanecer para la humanidad. Pretendía hacer números, reconstruir el karma, desoir a los recatados dioses del vecindario, santificar el sexo, la poesía y el placer, recortar políticos, banqueros y mercachifles, y de los despojos del cosmos, moldear un nuevo universo. La rebelión siempre fue inútil, porque los mamones de la tierra ocultaron el verdadero nombre del hermano de Dios y le pusieron otro nuevo que inundaba de terror a los hombres y las mujeres: el Demonio.

Imagen: "Le genie du mal", Guillaume Geefs

martes, 12 de marzo de 2013

Rastros en la Niebla XI: Sonríe Cloud Sprite

Cada vez que Cloud Sprite paseaba por Newport huyendo de una de sus cíclicas depresiones, sonreía. 

Sonreía aún cuando caía con persistencia una lluvia fina y terca. Sonreía dejándose envolver por una bruma de sorda felicidad que acababa ocultando sus penurias. Sonreía mirándose los zapatos al pisotear las losas mojadas de las largas avenidas. Sonreía al mirar los rostros alegres en las bocaterías llenas de chicos y chicas de su edad. A sus 28 años, se sentía un poco menos viejo que de costumbre. Aquella ciudad era tan diferente a Puerto Viejo donde no vivía nadie de su misma edad. Sonreía también al contemplar el espectáculo de luces, colores y música de la fuente en Bigspring Ass, ese que por efecto de la rutina pasaba ya totalmente desapercibido para sus ciudadanos. Los paraguas de los paseantes parecían, vistos por Cloud desde lejos, flotadores de colores que bailaban al son de la música. Aquel día justo cuando la melodía terminó, un autobús de Rich Travels que venía del muelle bufó sonoramente, lo que al muchacho le pareció un grande finale para aquel número que la ciudad componía sólo para él. Cloud sonreía incluso ante aquel loco de la estación que cantaba en un idioma inventado, a medias entre el inglés, el español y una imitación infantil del árabe.

Cuando subía al autobús de vuelta, Cloud comprobaba que el territorio de Newport terminaba justo en ese umbral. Más concretamente en la cara de pocos amigos del conductor que despachaba mecánicamente uno a uno a los viajeros. Entonces Cloud dejaba de oír la vocecilla aleteante de la felicidad. Se ponía serio, buscaba un asiento, perdía la mirada en la ventanilla, Puerto Viejo en el horizonte. Con un dedo pintaba en el vaho dos ojos y una amplia sonrisa.



Imágenes llovidas aquí y aquí.

viernes, 8 de marzo de 2013

Vasalisa


Pintaban sobre ella una y otra vez. Capa sobre capa, parche sobre parche. La maquillaban, con pómulos de hielo y un esbozo de malicia roja en los labios. Jugaban a emborronarla con prejuicios, mitos y cánones de belleza. Le cambiaban el marco. En el pecho llevaba escrito el diario de madrugadas prohibidas, besos y copas robadas, luces etílicas. Tenía marcadas las huellas de caricias, versos y olvidos. A veces la manchaban con chismes y rumores. Cuchilladas verbales, precisas y estudiadas, la desgarraban. En esas ocasiones, sentía el chispazo mental, la voz de alarma, la bombilla que se enciende. Entonces, un sendero de tréboles blancos la llevaba hasta el lugar donde podía recomponer los pedazos y perfilar su silueta. Aquel lugar donde, aplicando el adecuado decapante, podía llegar a reconocerse de nuevo.


Este es mi texto para la exposición de pinturas "Frontales" de Mariló Sánchez Leal, en la que participo con el Colectivo Letras Libres. Sigue el hilo y te cuento más cosas...

miércoles, 27 de febrero de 2013

Había unas veces...

...unas tareas de la ELL:

Había una vez una rata en una cloaca
y vio pasar una rosa
y dijo
Qué asco

Antidio Cabal

Siguiendo ese esquema...

Había una vez una cucaracha paseando por la calle.
Vio a una mujer gritando
y dijo:
¡Qué falta de educación!

Había una vez una piedra
que fue lanzada hacia una cama elástica
y dijo:
¡Qué duro está estooooooo!

Había una vez una montaña de basura
que encontró un frasco de colonia cara
y al abrirlo dijo:
qué peste

Había una vez un martillo
que vio un cerdito hucha
y dijo:
¡Pobrecillo!

Había una vez una almohada en una cama de hotel
que vio acercarse a un banquero en pijama
y dijo:
Para noches como esta, tengo un fondo reservado con las mejores pesadillas

lunes, 24 de diciembre de 2012

Se armó el belén

O el fin del mundo o la salvación definitiva. Extraños augurios parecían vaticinar o lo uno o lo otro. Los pastores contemplaban pasmados aquellos extraños copos blancos que caían del cielo. Ni los más viejos del lugar recordaban haberlos visto jamás alfombrando el suelo de las áridas tierras de Belén. Tampoco se explicaban de dónde habían salido aquellas gallinas tan raras con las plumas negras y la cabeza calva, que parecían proceder del otro lado del mundo. Por si fuera poco, entre las piedras de aquellos caminos tan alejados de la playa, se veían conchas marinas e inesperadas caracolas. Del suelo habían brotado plantas con unos extraños frutos redondos y rojos y otros más alargados con muchos granos amarillos muy apretados entre ellos. A todos les parecieron plantas venenosas y nadie se había atrevido a probar aquellos frutos. ¡Una plaga! exclamaban aterrorizados los agoreros.

La respuesta al enigma vendría con la misteriosa luz que aquella noche de diciembre inundó el cielo desde lo lejos. Poco a poco se fue acercando y revelando como una gigantesca arca voladora que tronaba y gemía como un coro de diablos. Después de posarse sobre la tierra, sus puertas se abrieron bufando mil vapores. De su interior salió un hombre vestido con una armadura que le cubría todo el cuerpo y que escupía luz por los ojos. “Pertenezco a las fuerzas armadas de los Estados Unidos de la Tierra. Vengo a defenderos de vuestro enemigo: el malvado Tiranosaurio Rex”, repitió varias veces ante los aterrados pastores, con una voz que parecía salida de una vasija. Pronto descubrieron que sus palabras se referían al lagarto gigante que había sido visto por el lugar y que había devorado tres cabras, veinte conejos y un soldado romano. La batalla entre la bestia y el extraño individuo causó algunos destrozos en Belén, hasta que de improviso los dos contendientes cayeron sobre la tierra, aparentemente inmóviles. La tranquilidad duró muy poco, como anunciando el verdadero pavor que se desataría después. Fue entonces cuando los hombres y mujeres de Belén tuvieron claro que la moneda caería por la cara del apocalipsis.

Lo confirmó la llegada de la que los pastores vieron como la encarnación del demonio. Era una mujer muy alta, de piernas espigadas, con una especie de túnica corta y ceñida que apenas ocultaba su desnudez. Llevaba un letrero grabado en la piel de la espalda que no se podía leer bien porque lo tapaba su melena rubia y larga. Entre los mechones se lograban distinguir las letras B y a. Los miembros de la infernal mujer eran muy rígidos y tenía un rictus sonriente tan forzado que sembraba la inquietud en quien la miraba. Iba saltando y derribando casas, pozos y palmeras, lanzaba piedras por los aires, tumbaba a hombres y mujeres, arrancaba sin inmutarse trozos del suelo ¡y hasta del mismo río!, aplastaba animales, incluso volaba a su antojo, arrugaba el cielo, rompía nubes y montes del horizonte… Su furia destructiva no tenía final. Hasta que de pronto una voz como surgida de otro mundo aplacó su ira de súbito: “¡Ay por Dios! Ya ha llegado a Belén el huracán Virginia. ¡Las niñas buenas no juegan así! Pero Daniel, vamos a ver, ¿por qué dejas a tu hermana sola con el portal?”

Nadie pareció advertir que aquella noche había nacido en un establo de Belén un niño del que un hombre con alas dijo que era el salvador. El alumbramiento había sido iluminado por una estrella de colores y cinco perfectas puntas colgada en el cielo. Al chiquillo lo habían adorado cuatro magos que aseguraban venir de lejanas tierras de oriente. Sus nombres eran Melchor, Gaspar, Baltasar y Nick, el Gormiti.

martes, 18 de diciembre de 2012

Olympic Love: Final Fantasy

“He llegado hasta aquí sólo por ti.” 

Eso pensaba decirle cuando por fin la vi acercarse, sin pararme a pensar siquiera lo que podían suponer mis palabras. Eso iba a decirle, que todo lo había hecho sólo para estar con ella y contemplar su interminable sonrisa, aprovechando el único resquicio que dejarían sus inseparables guardias. No la estaba observando en un cristal de vídeo como la primera vez, hacía cuatro años, cuando entregó medallas a otros y proclamó aquel discurso lleno de entusiasmo, solidaridad y esperanza. No la estaba imaginando como tantas veces en mi mente desde aquel día. Aunque yo había escalado montañas más altas que un titán, atravesado el mar junto a delfines y surcado el cielo a lomos de un chocobo negro, estar viéndola de verdad, tangible y cálida, me hizo temblar de tal forma que el podium me pareció el borde del mayor abismo de la tierra. “Su alteza entregará las medallas de la gran prueba de los cuatro cristales elementales” rugió una voz en el megáfono, y me alegré entonces de haber aprendido el idioma. No importaban ya los reproches de mi familia, ni las calamidades del viaje, ni el desprecio de los otros atletas, ni los cuchicheos que aún se oían desde las gradas, ni siquiera la medalla de oro, sólo importaban sus ojos, sus manos, su pelo, su voz… Ella estaba ahí y yo podría contarle todo lo que había pasado. 

Y sin embargo, cuando la tuve enfrente y me miró sonriendo, con esa sonrisa en la que cabían todos los soles de mi tierra, noté que las palabras que había ensayado tantas veces se atravesaban en mi garganta como cuchillos de tomberi. Cuando se agachó y me acarició la cabeza, dos chispazos de bom se dibujaron en mis mejillas. Y cuando me colgó la medalla y me regaló un beso más dulce que todos los pasteles de nuez que hacía mi madre, de mi boca sólo salió un sonido, la coletilla que tanto me había esforzado en reprimir, el ruidillo que me mostraba ante ella como una criatura inferior, dulce y encantadora, sí, pero inferior. Aquel sonido que me condenaba a parecer poco más que un perrito de compañía, pero también la respuesta inconsciente, la prueba de que en mi vida jamás podría ser tan feliz como en aquel momento: 

“¡Kupó!”

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Hoy es el 25 cumpleaños de mi saga de videojuegos favorita, y quiero celebrarlo colgando este fanfic de Final Fantasy que presenté a los Juegos Olímpicos de Final Fantasy Interforo en la modalidad de microrrelato. También participé con un cómic con el que gané la medalla de plata en la prueba de humor, representando a mi querido foro La Capital Olvidada. Se titula "Los Juegos Pixelímpicos de Final Fantasy" y podéis leerlo en los siguientes enlaces en su página uno y dos. 
Las imágenes de este post son ilustraciones de Yoshitaka Amano, artista a cargo de gran parte de la saga Final Fantasy.
Ahora mismito son las 18:25 en Japón (día 18, 25 años... viva la efemeridofilia xD) ¡Felicidades por tus 25 gloriosos años Final Fantasy! Gracias por regalarme tantos sueños.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Viento de Iris

“Cuando el cadáver de la abuela comenzó a oler a mal, decidimos sin demasiados remilgos que había que sacarla fuera de casa. Fue en ese momento cuando supimos que el viento de Iris había abandonado su cuerpo. Debes saber, amigo, que los mo’owei tenemos costumbre de mantener nuestros difuntos a nuestro lado hasta que su piel se vuelve blanca. Entonces sabemos que la persona ha desaparecido, pues el viento de Iris ha abandonado ese cuerpo para volver al seno del dios. El cadáver debe arder en la pira y desaparecer, para que no lo habiten los serai, para que el extranjero me entienda, los espíritus maléficos. Hay que evitar dejar el cuerpo más tiempo del necesario pues los serai penetran en la casa y atacan a los hijos de Iris que la habitan. En esto nos diferenciamos de los bárbaros nairos, pueblos del norte, que entierran a sus muertos en la tierra, sin darse cuenta de que así son pasto de los serai.”

“De igual modo, el cuerpo en vida debe purificarse continuamente con la sangre de Iris, lo que tú, extranjero, llamas agua, para que así el viento de Iris no sea devorado por los malolientes serai. Yo no sentí dolor pues sabía que la abuela ya no era ese cuerpo, pues ella, como hija de Iris ha vuelto a su seno. Por eso,

lunes, 29 de octubre de 2012

Punto Final: Fiction is Crime


"Si escribimos dejamos
heridas las palabras,
desangrándose juntas"
(Fernando Quiñones)

    Fueron subiendo en cada puerto y hablaban distintos idiomas. O al menos eso le parecía por los murmullos, acompañados de zapatos y perseguidos por equipajes que subían por la pasarela. El ojo de buey de su camarote sólo le devolvía imágenes de los zapatos, que rechinaban en la madera. Se giró y observó la cama recia, hipócrita. Se levantó del asiento con estrépito, cogió el vaso de agua que reposaba en la mesita y lo hizo estallar en el suelo. Estaba trémulo.

     Había pasado todo el viaje en el camarote. Las paredes se proyectaban hacia arriba. El techo se alejaba y se hacía más pequeño. Él era un ratón que miraba pasar desde un pequeño agujero a los habitantes de la casa, pero que se siente incapaz de salir. Sólo el pensar en subir a cubierta le causaba miedo y náuseas. El tiempo se volvió irracional. Los segundos y los minutos se mezclaban. Pero había llegado el momento. No podía esperar más. ¿Por qué si no estaba allí?

     A veces se había mareado en sus viajes, pero nunca como aquel día. Cuando estuvo en la cubierta, sintió  un dolor punzante en el estómago. Le temblaban las manos. El suelo se ondulaba y se retorcía. Caminaba inerte, las facciones en la cara, rígidas. Los rostros a su paso miraban y saludaban disciplinadamente. Se agarró a una barandilla y espero. La sacudida en el pecho se suavizó ligeramente. El temblor de su cuerpo continuaba, pero no iba a esperar más.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Tarde

Estoy sentado en la terraza de este café junto al mar, mientras el sol pone su chiringuito repartiendo morriñas y sueños. La ciudad gira y se enreda en su ciclo vespertino: el de las manos enredadas, las calzonas y las bicis, los niños que vienen y van. Y también otras rutinas más esporádicas: diálogos extranjeros de dos en dos seguramente camino a la gran ciudad móvil bajo el agua.

Yo también giro... la cucharilla del café.

Dentro, el Café no podría ser más canalla: Calamaro proclamando su locura, el blanco sucio de las paredes pidiendo a gritos graffitis de urinario. Y los consigue en el rojo, rojo canalla de los dibujos, y el negro, negro provocador de las palabras, los diálogos. Negra la tinta en la pared, negro el cante de un flamenco. Rojo y negro de mi acompañante.

Que no, que yo no quiero dinero, no, no, cariño es lo que yo quiero, no, no.

Cariño es lo que quiere, me figuro, ella, la del pantalón amarillo. Rosi, le pega de nombre. Seguramente va por el tercer o el cuarto cigarrillo. Lo supongo, no puedo oírla, sólo a Calamaro. Mi café está ya frío. Pasa un autobús con sueños y esperanzas, algún "qué voy a hacer de comer esta noche", qué voy a hacer yo a partir de ahora. Calamaro enfila los soldaditos del ejército del amor. Las gaviotas se suspenden en el cielo y en el mar. Otro autobús.

Nuestros silencios y miradas.

¿Qué pasa por nuestras cabezas? El ciclo de la tarde, digo yo, o espero. Y gira, y gira y gira... El sol cierra nuestro chiringuito de silencios.

— ¿Nos vamos?

viernes, 19 de octubre de 2012

La comía en los pies

Tío Abuelo: ¿Ahora te va a comer el postre? ¿después de media hora? Ahora ya tiene la comía en los pies...
Yo: Ya, pero a mí me gusta hacerlo así.
Tío Abuelo: Sí, pero ya se te ha orvidao la comía.
Yo: Vale, pero a mí me gusta hacerlo así. Me gusta reposar la comida.
Tío Abuelo: Bueno, asín será, pero ya la tendrá en los pies
Yo: En verdad, ni yo lo hago bien, porque se debería comer la fruta entre comidas no después de comer.
Tío Abuelo: ¿Entre comía?
Yo: Sí porque es más sano. Lo recomiendan los médicos.
Tío Abuelo: Yo como es costumbre después de comer, porque un rato más tarde como haces tú, ya tiene la comía en los pies.
Yo: Vale, pero me gusta hacerlo así.
Tío Abuelo: Bueno, pues asín será. Pero ya la tiene en los pies.
Yo: ¬¬ (lengua sangrando de tanto morderla en 3, 2, 1...) Vale, tengo la comía en los pies (me voy a mi cuarto con mi mandarina a pecar tranquilo) ¬¬

miércoles, 17 de octubre de 2012

Rojo y Verde

La mujer salió del edificio blanco, la mole abigarrada que repartía la vida y la muerte de forma equitativa. Sintió el olor a fritanga de los churros y continuó decidida hacia la parada del autobús. Llevaba el gran sobre blanco en la mano, dentro está mi cabeza, pensó. Quizás fuera por eso, por pensar, que no advirtió la agitación de los árboles, el vaivén de las faldas, el viento de levante. No puede ser, se dijo, cuando sintió volar el sobre con la radiografía.

Lentamente vio cómo el sobre se posaba en medio de la gran avenida transitada y cómo los coches iban atropellándolo, uno detrás de otro. El hombrecillo de rojo en el semáforo. La imagen de la máquina metálica de luces convulsas fotografiándola por dentro. Sólo esa copia. Amagó con cruzar una, dos, tres veces. Veinte segundos, el tiempo que duraba la cuenta atrás del hombrecillo verde, bastaban para correr hasta allí y recuperar el secreto dentro del papel blanco. “Antes no había tantos adelantos hija”, había dicho ella justo en ese lugar hacía un par de horas. Vio las imágenes sueltas de la mañana el sollozo desgarrado del niño, el levante germinando por la mañana hasta erizar el cuello. Miró hacia atrás, como buscando a alguien. Sólo encontró a un chico con melena y auriculares, demasiado ocupado o demasiado alelado siquiera para moverse. Vio al sobre alejarse más, creyó haberlo perdido de vista.

~~~La luz cambió de color.~~~
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