Voy a compartir con vosotros hoy un proyectito en el que trabajé hace unos años. Me gusta decir proyecto y trabajo aunque sea un hobby porque, no por ser algo una afición en tiempo de ocio, es menos trabajoso. Es más, diría que trabajas más porque la motivación aumenta. Hace unos días os mostré mis dibujos y visteis que no sé dibujar demasiado bien (porque no me he puesto a aprender, vamos). Pero como me gusta el humor gráfico, empecé con la idea de crear un personaje fácil de dibujar y dotarlo de compañeros y aventuras. No sabía muy bien cómo aplicarlo así que me puse a hacer los bocetos que os voy a mostrar aquí. Quizá podrían valer para hacer una serie flash animada, o tiras cómicas, o incluso para hacer tarjetas de felicitación o camisetas o cosas así. Quién sabe, quizá retome este proyecto, ¿qué os parece? Podréis conocer a ePic si seguís el hilo.
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sábado, 23 de marzo de 2013
e-Pic, The Iberic Chicken (El Pollo Ibérico)
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sábado, 2 de marzo de 2013
Mis dibujos
Hacía tiempo que quería compartir una entrada con mis dibujos. No soy precisamente un buen dibujante, pero siempre procuro ponerle cariño a todo lo que hago. Aquí podéis ver un surtido de cosas que he dibujado, algunas más cercanas y otras de cuando era pequeño. La mayoría son dibujos sin color, resultado de juntar una serie de trazos en una tarde de inspiración / aburrimiento. Otros los retoqué digitalmente para que tuvieran mejor aspecto y cierran el grupo una serie de bocetos (espero que perdonéis a los más desafortunados -la mayoría-). Se aceptan y se agradecen consejos, sugerencias, críticas, comentarios, pinceladas...
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sábado, 23 de febrero de 2013
Regalo de Paco o'Nick von Nombrandt Secayó: La matriz del patito feo, la prolongación de la nariz de Pinocho y la variable de Troya-McFly
¿Mi nombre? Pues bien el amigo David Equilibrista y su hermana me conocían como Paco y en su portal de Belén yo iba a lomos de un burro. Pero doy fe de que mis alcurnias han sido según el momento altas y bajas, mis trajes de lo más variados. En el título del post pueden ver mi nombre completo. ¿Completo? Puede que sí, puede que no, he tenido tantos. Les dejo ya con las palabras de mi amigo Equilibrista, que les narrará los recuerdos que le he regalado, uno de tantos que le he hecho. Sigan el hilo y disfruten...
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sábado, 26 de enero de 2013
Regalo de Baltasar: De la Atlántida del Monte de los Borregos al Laberinto de Creta del Pilar
Saludos señoras, señores, niñas y niños. Como siempre yo soy el tercero. El que ordenó nuestros nombres me puso a mí en el número 3, vaya usted a saber por qué. Soy el Rey Mago Baltasar e igual que mis compañeros, le he regalado a David, a Equilibrista, la posibilidad de entregarse a sus recuerdos. Se podría decir que le he concedido un deseo que hace tiempo deseaba cumplir.
Este deseo, este regalo, le llevará (y os llevará si así lo queréis) por varios mundos. Mundos que huelen a viruta de lápiz alpino, a cuaderno Rubio, a churretón de chocolate de bollycao, a leche, a césped y a fresas, a colonia Nenuco, a palomitas, a monopatines y a ruedas de coche de juguete... Y también saben, saben a muchas cosas más: a utopía, a sueño, a chispazos, a imaginación, a miedo, a futuro y a fantasía. Yo sé que Equilibrista espera con ganas que disfrutéis y os deleitéis con ello y va a hacer lo posible para poner la historia en vuestros corazones. La historia está a sólo un salto de camello a la cuerda...
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sábado, 19 de enero de 2013
Regalo de Gaspar: La leyenda del Ninja "gaiden-tano"
Hola amiguitos. Como ha hecho mi compañero el rey Melchor, yo también le he traído un regalo al señorito Equilibrista. También se trata de unos recuerdos de su infancia que para él son muy entrañables.
Esta vez se trata de una historia diferente a las que nuestro amiguito había escrito por entonces. Con más acción, más seriedad, menos dibujo y deteniéndose más en las palabras. El protagonista es un ninja que desde su nacimiento está marcado por un destino misterioso y legendario. Un ninja que aprende de las dificultades, de las técnicas ninja que le enseña su maestro, de los amigos que conoce e incluso, de las series de dibujos animados de la televisión de aquella época. Un ninja alternativo, diferente, un Ninja "gaiden-tano" muy peculiar. ¿Queréis conocer qué le ocurrió y de dónde viene este ninja? Sólo tenéis que seguir el hilo...
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sábado, 12 de enero de 2013
Regalo de Melchor: De cuando fuimos animales, rockeros y héroes
Muy buenas, queridos amigos, soy el rey Melchor y vengo a hablarles del regalo que le he traído estos reyes a nuestro Equilibrista para que lo pueda colgar en el blog. Sí, ya sé que han pasado las fiestas y ya observo algunas miradas suspicaces y cejas arqueadas, pero no se confundan. Contra todo pronóstico, toda realidad por fantasiosa que parezca puede ser posible, si se articulan ciertos mecanismos, si no se deja estancar ciertos cauces de la imaginación.
Todo tiene un comienzo y el de nuestro amigo con esto del arte acontece con unos animalillos amantes de la música, que vivieron unas peripecias que les llevaron por todo el planeta y más allá, por todo el universo, ganando un concurso, buscando tesoros y hasta enfrentándose a un maléfico señor de las tinieblas. Ellos se hacían llamar "Los animales rockeros héroes" y la historia de sus peripecias se remonta unos veinte años atrás. Si seguís el hilo de este post, podréis acompañarme en este viaje en el tiempo...
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lunes, 7 de enero de 2013
El día 7 es pa jugar con los juguetes
El día 7 es el día de jugar con los reyes, con los regalos. Ayer paseaba por mi antigua barriada, estrenando mi cámara de fotos y recordaba aquellos momentos. Siempre el día 7 suele ser fiesta en los colegios y las clases no empiezan hasta el día 8. Así que se aprovechaba al máximo los dos días. El 6 es para recibir regalos, comer chuches todo el día y no parar de jugar hasta el cansancio. Recuerdo aquellos reyes con la base de los gijoe, la cueva de Heman, las tortugas ninja, el quién es quién, el tozudo, el operación... Más adelante la play station, la play 2, los mangas de dragon ball. Recuerdo los niños y niñas en los patios de la barriada estrenando bicicletas, muñecas, coches de radio control, peluches mimosín, gusiluz... Luego el día 7 ya os digo, a jugar a tope, que había que aprovechar (los niños españoles no tenemos tanta suerte como los americanos que tienen todas las vacaciones para jugar con los regalos de papa noel). Me acordé también ayer que el 8 nos dejaban llevar algún juguete al cole para jugar con él y enseñárselo a los demás niños. Qué buenos momentos aquellos días de estreno. Ver los juguetes de los compañeros era como sumergirse en otro universo, en otra imaginación. Una mezcla de curiosidad y de extrañamiento de lo que no es tuyo. Paseé también por las cercanías de mi cole y recordé buenos momentos (el recreo, las actividades, los bocadillos, las mesas, las sillas, los amigos y amigas), algunos duros (en gimnasia o cuando me ponía malo y tenía que volverme a casa. Encima ayer por la noche vi E.T. y me pase toda la peli con dos lagrimones, no sé cómo me emociona tanto ese film. Ayer recordé las series, los amigos, las historias que imaginaba, recuerdos, recuerdos... Recuerdos... Melchor, Gaspar, Baltasar y alguien más me han traído unos recuerdos especiales para el blog. El sábado más.
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lunes, 26 de noviembre de 2012
Y cositas del Bloc... bueno, de los blocs
En las entradas anteriores os he dejado por los laterales fotos
de mis cuadernos, de mis dibujitos en
los márgenes, de mis bocetos y de todo lo que se me ha ocurrido. Son los lugares donde
han ido naciendo los relatos y poemas que habéis leído en este blog, u otros que
no llegaron o que están aún en la etapa de crecimiento (cada uno tiene
su propio metabolismo), o simplemente notas que se evaporaron o buenas
ideas que van a germinar. En esta entrada os voy a mostrar algunas imágenes más que no pudieron aparecer por falta de espacio. Espero que os gusten las cositas de mi bloc, bueno, de mis blocs. Seguid el hilo para verlas.
domingo, 25 de noviembre de 2012
Cositas del Blog III: Confesiones
Me
estoy enredando demasiado y no me dejo lugar ni para reposar. Pero
bueno no me duelen prendas porque quería desahogarme y desgañitarme con
este making of, largar y alargarme todo lo que me apetecía (espero que
quien lea, si alguien lee, esto no resople mucho) recordando la
trayectoria de este diario de vértigos y equilibrios literarios. Diario, sí,
aunque no publico todos los días. No quería ser tan pesado ni
recurrente.
Lo que sí ha sido recurrente y ha tenido su recorrido han
sido las secciones del blog, esas que publico cada cierto tiempo. La más
reciente es Cuéntame un track donde repaso esas canciones que cuentan
historias, que se distancian, que no tienen un yo poético (o sí pero
disimulado) sino más bien un narrador. Como en la épica, como en la
juglaresca pero a lo pop, a lo contemporáneo. Menú
del día es otra sección popular aquí y en facebook. Ya digo que me
gustan los combiandos artísticos, me gusta preparar estos menús en los
que os dejo un primer plato literario (narrativo o poético), un segundo
de artes derivadas (musical o cinéfilo) y un postre friki (videojuegos o
cómic). Incluso ha habido a veces sobremesa y hasta algún que otro
banquete.
Lo que sí ha sido recurrente y ha tenido su recorrido han
sido las secciones del blog, esas que publico cada cierto tiempo. La más
reciente es Cuéntame un track donde repaso esas canciones que cuentan
historias, que se distancian, que no tienen un yo poético (o sí pero
disimulado) sino más bien un narrador. Como en la épica, como en la
juglaresca pero a lo pop, a lo contemporáneo. Menú
del día es otra sección popular aquí y en facebook. Ya digo que me
gustan los combiandos artísticos, me gusta preparar estos menús en los
que os dejo un primer plato literario (narrativo o poético), un segundo
de artes derivadas (musical o cinéfilo) y un postre friki (videojuegos o
cómic). Incluso ha habido a veces sobremesa y hasta algún que otro
banquete. sábado, 24 de noviembre de 2012
Cositas del Blog II: Making-of
No me quiero enrollar o voy a estar aquí otros
cuatro años. Quiero hablar también de mis mascotas, la analógica y la
digital, la real y la virtual, mi querida Cane y mi simpático Blue Space
Cowboy, el perro azul (lo prefiero a verde). A Cane la conocéis seguro
porque siempre hay una foto suya en la barra vertical izquierda donde ha
salido con varias poses y también ha aparecido en varios posts. Mucha
gente me ha hablado de ella con cariño y me ha dicho que le ha gustado
encontrársela (os manda un besito juji). Al BSCB lo conoceréis menos
peor si miráis a la izquierda lo encontraréis también. Se le puede dar
de comer y hasta jugar con él a la pelota. El nombre viene de la canción
de M-clan "Llamando a la tierra". "Soy un cowboy del espacio azul
eléctricooooo, a dos mil millones de años luz de mi casa estoy..." Se
me ocurrió usar ese título para un blog colectivo sobre cultura
contemporánea y relaciones entre las artes: música, cine, videojuegos,
literatura, pintura, cómic, teatro). La idea quedó ahí, ahora no creo
que la lleve a cabo, pero ¿quién sabe?
viernes, 23 de noviembre de 2012
Cositas del Blog I: Retrospectiva
Llevamos 4 años. Hace ya 4 años que empezó este blog. Y aún no he explicado por qué La Cuerda y por qué el equilibrista. O sí, puede que al principio. En aquella segunda entrada en la que me extendí hablando largamente de la vida y la literatura en general, bosquejando tan sólo mi vida y mi literatura en particular. Creo recordar que en ese momento expliqué la metáfora (cuerda que separa la realidad de la ficción, frontera entre la vida y la literatura, terrenos de demarcación difícil, cuerda por la que camina el poeta, el relatista, equilibrios para sostener el rumbo, el cambio, cuerda entre la vida y la muerte, entre el sueño liviano y la pesada realidad, equilibrios que permiten seguir adeante, entre el deseo y el tiempo y sus arañas, entre la pasión y los impedimentos, el objetivo y sus dificultades, parte ambas del mismo ente, del mismo mundo, partes del mismo cielo, cuerda floja, ese tópico, cuerda hilo, cuerda puente, cuerda puerta), pero no la génesis.
"A David lo ponemos de astronauta en la orla".
martes, 6 de noviembre de 2012
4 años y 300 posts
Hoy 6 de noviembre de 2012, La Cuerda del Equilibrista cumple 4 años de andadura y, con éste que estáis leyendo, lleva exactamente 300 posts. Un paso detrás de otro, caminando entre vértigos y equilibrios. Gracias a los que habéis mantenido la llama haciendo que los pasos sean firmes en la cuerda floja. Gracias por enredaros en este humilde diario literario con vuestros comentarios y ánimos. En los próximos días, os dedicaré unas entradas especiales con recuerdos, un poco de making-off, alguna que otra revelación y cosas divertidas que han pasado durante estos cuatro años.
Un abrazo, amig@s.
lunes, 23 de abril de 2012
lunes, 30 de enero de 2012
Los eucaliptos del dragón
Veintiocho grados a la sombra por este camino de zahorra bien marcado por hileras de rejas a una y otra banda. Veintiocho grados pero yo no me pienso quitar la armadura. Veintiocho grados y no me pesa ninguno, amigo. Llego a tu puerta, llamo al timbre y mientras no abres, el tiempo trota montado sobre tortugas decanas. Por fin, oigo moverse el pestillo que me suena a tintineo de lámpara maravillosa. Te saludo y te doy la mano y justo en ese momento, el olor de tu casa empieza a danzar por mi nariz. Y entonces un escalofrío cabalga por mi espina dorsal, un bálsamo que me llena el estómago de margaritas salvajes y la frente de caballos de viento. Un nosequé que me eriza los bigotes de dragón del casco.
Nos sentamos en el césped del jardín y el olor sigue revoloteando por toda la casa como libélulas de menta. ¿Por dónde lo habíamos dejado? Ah, sí. La cuestión era, te cuento, quién de los dos iba a decidir la misión de aquel día. Yo tenía a mi disposición todos los comandos. Ojos de Serpiente como siempre el primero en la avanzadilla, con Halcón siguiéndole muy de cerca. Miguel Ángel, Leonardo, Pegaso, Clark Kent… Bueno, la verdad hay que decirla: no estaban todos. ¿Te acuerdas de Cóndor? El pobre tuvo una desgracia: se ahogó en La Barrosa, pero porque era una ola de las gordas y no pude sacarle de la arena que si no, yo le hubiera salvado. Y a Armadillo lo dejé en mi casa embobado con Alaska. Pero vamos, que ese tío para nuestras batallas, no valía ná.
"Pero yo creo que al final", me dices, "lo que pasó fue que nos embarcamos. Fuimos por el mar primero y después por el espacio, allí nos encontramos con Harlock, y después con Mazinger. Nos enfrentamos a la brigada espacial de Freezer y a un batallón de guerreros del espacio. ¿Te acuerdas? Los cojines nos hacían mucho lastre y tuvimos que tirarlos y fue por eso por lo que mi madre se enfadó." "Eso sería lo más seguro", te contesto. "Aunque creo que lo que tiraste por la borda fue el libro de vacaciones Santillana". "Eso sería lo más seguro", me respondes. Nuestras risas beben de este olor pizpireto y fantasioso que nos destapa la vida y los sueños.
Nos dan las ocho, las nueve, las diez justo igual que en aquellos tiempos. Saco el móvil para mirar la hora y es como si el genio de la lámpara chascara sus dedos para irse a dormir. Me acuerdo que tengo que quitarme el casco y la armadura de caballero para ponerme otra, menos liviana: la armadura de hombre adulto. Al final tengo que irme porque me esperan, amigo, aunque quisiera quedarme toda la noche recordando nuestras batallas. Pero tranquilo porque vendré otro día más a verte y sentarnos en tu césped, mientras el olor de tus eucaliptos hincha de recuerdos mis pulmones.
Nos sentamos en el césped del jardín y el olor sigue revoloteando por toda la casa como libélulas de menta. ¿Por dónde lo habíamos dejado? Ah, sí. La cuestión era, te cuento, quién de los dos iba a decidir la misión de aquel día. Yo tenía a mi disposición todos los comandos. Ojos de Serpiente como siempre el primero en la avanzadilla, con Halcón siguiéndole muy de cerca. Miguel Ángel, Leonardo, Pegaso, Clark Kent… Bueno, la verdad hay que decirla: no estaban todos. ¿Te acuerdas de Cóndor? El pobre tuvo una desgracia: se ahogó en La Barrosa, pero porque era una ola de las gordas y no pude sacarle de la arena que si no, yo le hubiera salvado. Y a Armadillo lo dejé en mi casa embobado con Alaska. Pero vamos, que ese tío para nuestras batallas, no valía ná.
"Pero yo creo que al final", me dices, "lo que pasó fue que nos embarcamos. Fuimos por el mar primero y después por el espacio, allí nos encontramos con Harlock, y después con Mazinger. Nos enfrentamos a la brigada espacial de Freezer y a un batallón de guerreros del espacio. ¿Te acuerdas? Los cojines nos hacían mucho lastre y tuvimos que tirarlos y fue por eso por lo que mi madre se enfadó." "Eso sería lo más seguro", te contesto. "Aunque creo que lo que tiraste por la borda fue el libro de vacaciones Santillana". "Eso sería lo más seguro", me respondes. Nuestras risas beben de este olor pizpireto y fantasioso que nos destapa la vida y los sueños.
Nos dan las ocho, las nueve, las diez justo igual que en aquellos tiempos. Saco el móvil para mirar la hora y es como si el genio de la lámpara chascara sus dedos para irse a dormir. Me acuerdo que tengo que quitarme el casco y la armadura de caballero para ponerme otra, menos liviana: la armadura de hombre adulto. Al final tengo que irme porque me esperan, amigo, aunque quisiera quedarme toda la noche recordando nuestras batallas. Pero tranquilo porque vendré otro día más a verte y sentarnos en tu césped, mientras el olor de tus eucaliptos hincha de recuerdos mis pulmones.
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domingo, 31 de julio de 2011
Remember nº5: Caballero del Dragón
De entre todos los guerreros que he tenido en mi ejército, recuerdo especialmente a uno. Aunque su nombre se pierde en mi memoria, recuerdo que era conocido como el caballero del Dragón. Se presentó ante mí un día de enero. Portaba una armadura de un verde radiante, que representaba al maravilloso ser al que veneraba. Venía buscando señor que le diera alimento y resguardo, a cambio de fidelidad y arrojo en el combate. Había estado una larga temporada encerrado, tan larga que no recordaba nada de su pasado. Le dije que no temiera por aquello, pues a mi lado tendría nuevo nombre y nuevas andanzas que vivir. Y aquello no tardó en acontecer, aquel mismo día, combatimos la alianza del señor oscuro de cadavérico rostro y del caballero de las garras de hierro, enemigo eterno de los cuatro hombres tortuga que desde hacía mucho tiempo me servían.
El caballero del Dragón tenía una figura un tanto desgarbada, algo afeminada. Era más ágil que fuerte, pero su cuerpo mostraba una fragilidad, que parecía que fuera a deshacerse. No obstante, batalla tras batalla demostraba su gallardía. Pero aquella era tan grande que en poco tiempo había perdido su armadura. Su aparente debilidad hizo que me fuera fijando en guerreros más poderosos, por lo que decidí alejarle del campo de batalla, pero mantenerle un techo de cartón en el que vivir. El caballero seguía ahí siempre listo para escuchar mi llamada. Debieron pasar varios años, cuando volví a hacerlo, y el caballero se presentó con gran alegría. Pero aquel día lamenté no haberlo olvidado para siempre en el pozo de mi memoria. Me encontraba en pleno campo de batalla, en las acolchadas llanuras de franela aguardando que las fuerzas del mal concurrieran, cuando apareció por sorpresa un enemigo inesperado. Tuve una disputa con él y encolerizó. Fue el caballero del dragón el objeto de su cólera. Lo cogió del suelo con una mano, y con poderoso ímpetu lo devolvió al suelo. La figura del caballero quedó desmembrada y decapitada con el impacto.
Hasta los señores que somos dioses para nuestros súbditos, tenemos debilidades. Por aquel entonces, yo tenía que rendir obediencia a otro señor de rango superior al mío y al que me ataban lazos familiares. Él había sufrido un arrebato de ira por algo que yo consideraba injusto (quizás me equivocaba, quién sabe, el tiempo difuminó el recuerdo). Aquel gigante adoptó maneras irracionales, de igual manera que lo que ocurrió con los dioses titanes y los olímpicos. En vez de castigar a mi persona, el caballero del dragón había sido destruído por aquel gigante, mi señor, mi padre.
En memoria de Shiryu, el caballero del dragón.
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viernes, 11 de diciembre de 2009
Una pared color vainilla contra la senda del tiempo
A veces la memoria saca fuera los balones que el olvido,
gracias a una certera asistencia del tiempo, le va metiendo.
Y a dos manos los precipita de nuevo al partido de la vida.
Y a dos manos los precipita de nuevo al partido de la vida.
(Anónimo)
Una vieja pared color vainilla ve salpicar su rostro sobrio y ortopédico, de redondas pecas negras con hechuras de pepinazo. A la vieja pared
la protege un zubizarreta chiquilicuatro con las manos enguantadas de rojo chut. Cada gol presume de estruendo y de bronca de la vieja del segundo: ¡Ni dormir la siesta la dejan a una! Las hormigas, hinchas sin invitación a la contienda, rugen en sus galerías subterráneas, no se sabe si en señal de protesta, o porque tienen sintonizadas sus antenas al partido que se juega sobre sus techos. Todos los jugadores se sienten en primera división y sueñan céspedes más grandes, más verdes, mientras que sus rodillas los sueñan más mullidos. Todos menos uno que se queda atrás, sólo y en la defensa. Este uno, carne de banquillo, compañero ideal de los chupones, este uno, más gordito y blandengue, sueña más bien con las dos rebanadas de pan chorreadas de mantequilla que pitan el medio tiempo. Las dos rebanadas que le saquen de su perpetuo fuera de juego.
En esto que el tiempo les traiciona, les engaña, les hace una filigrana. Y pasan mu
chas, muchas tardes, y los partidos se van volviendo pachangas, y sin darse cuenta dejan de darle al balón, y se ven sentados en el banco de la misma pared color vainilla, vieja pero con menos pecas negras; o en el suelo que ya no es ni el Nou Camp, ni el Bernabeu, sino el suelo duro del patio del barrio. Ahora charlan de otras cosas, sueñan de otros sueños. Y estos sueños dejan de ser eléctricos, aventureros, descarados, granujas y se vuelven acuosos, tímidos, humeantes, circenses, escurridizos… El fútbol necesita un sustituto que les moldee sus sinvivires melancólicos, que rebosan apetitos por desatar. Y entonces del banquillo sale la música. “¿Tú escuchas los cuarenta?” dice uno “Los Celtas han sacado un disco en directo” sigue otro “Mi hermano lo tiene, la canción Veinte de abril está guapa” replica un tercero. El cuarto lanza un libre directo “¿Habéis visto en la tele a la Maria Carey? Está buena, ¿ehn?” Y a pesar de los cambios en la alineación de sus sentires, de sus emociones, cuando llega el atardecer los siguen llamando las madres, porque se va a enfriar la comida. El gordito, aún viendo que se hace tarde y que sería mejor volver a casa, prefiere q
uedarse a ver el atardecer, porque ha encontrado un pasatiempo mucho más útil que el fútbol. Ponerse a pensar. Hay otro al que tampoco le apetece irse todavía. Este otro, más larguirucho, con el garbo de una espiga y aquel uno forman el tándem perfecto para retahilar deseos por cumplir. Y los dos se ponen a charlar y se les van las horas, subiendo santos al cielo. Que si las mates son un coñazo, que si no me dejan más de las doce, que si el año que viene el instituto a ver qué pasa, que si los pelos en la barba y en no sé donde, que si las niñas… Ay, las niñas, que ya no lo son tanto… Rezando por sus julietas se les echa encima la noche, que les regala un capote de estrellas para que cuelguen allí sus sueños. Y ya de vuelta a casa, el gordito se mete en la cama, y se arropa con los sueños de estrella y con el fogoso deseo que agita sin parar el corazón… y a veces también la mano. La noche pita el fin del partido y el inicio de otro. Queda atrás la pared vieja y amarilla, y empieza la senda del tiempo.
la protege un zubizarreta chiquilicuatro con las manos enguantadas de rojo chut. Cada gol presume de estruendo y de bronca de la vieja del segundo: ¡Ni dormir la siesta la dejan a una! Las hormigas, hinchas sin invitación a la contienda, rugen en sus galerías subterráneas, no se sabe si en señal de protesta, o porque tienen sintonizadas sus antenas al partido que se juega sobre sus techos. Todos los jugadores se sienten en primera división y sueñan céspedes más grandes, más verdes, mientras que sus rodillas los sueñan más mullidos. Todos menos uno que se queda atrás, sólo y en la defensa. Este uno, carne de banquillo, compañero ideal de los chupones, este uno, más gordito y blandengue, sueña más bien con las dos rebanadas de pan chorreadas de mantequilla que pitan el medio tiempo. Las dos rebanadas que le saquen de su perpetuo fuera de juego.En esto que el tiempo les traiciona, les engaña, les hace una filigrana. Y pasan mu
chas, muchas tardes, y los partidos se van volviendo pachangas, y sin darse cuenta dejan de darle al balón, y se ven sentados en el banco de la misma pared color vainilla, vieja pero con menos pecas negras; o en el suelo que ya no es ni el Nou Camp, ni el Bernabeu, sino el suelo duro del patio del barrio. Ahora charlan de otras cosas, sueñan de otros sueños. Y estos sueños dejan de ser eléctricos, aventureros, descarados, granujas y se vuelven acuosos, tímidos, humeantes, circenses, escurridizos… El fútbol necesita un sustituto que les moldee sus sinvivires melancólicos, que rebosan apetitos por desatar. Y entonces del banquillo sale la música. “¿Tú escuchas los cuarenta?” dice uno “Los Celtas han sacado un disco en directo” sigue otro “Mi hermano lo tiene, la canción Veinte de abril está guapa” replica un tercero. El cuarto lanza un libre directo “¿Habéis visto en la tele a la Maria Carey? Está buena, ¿ehn?” Y a pesar de los cambios en la alineación de sus sentires, de sus emociones, cuando llega el atardecer los siguen llamando las madres, porque se va a enfriar la comida. El gordito, aún viendo que se hace tarde y que sería mejor volver a casa, prefiere q
uedarse a ver el atardecer, porque ha encontrado un pasatiempo mucho más útil que el fútbol. Ponerse a pensar. Hay otro al que tampoco le apetece irse todavía. Este otro, más larguirucho, con el garbo de una espiga y aquel uno forman el tándem perfecto para retahilar deseos por cumplir. Y los dos se ponen a charlar y se les van las horas, subiendo santos al cielo. Que si las mates son un coñazo, que si no me dejan más de las doce, que si el año que viene el instituto a ver qué pasa, que si los pelos en la barba y en no sé donde, que si las niñas… Ay, las niñas, que ya no lo son tanto… Rezando por sus julietas se les echa encima la noche, que les regala un capote de estrellas para que cuelguen allí sus sueños. Y ya de vuelta a casa, el gordito se mete en la cama, y se arropa con los sueños de estrella y con el fogoso deseo que agita sin parar el corazón… y a veces también la mano. La noche pita el fin del partido y el inicio de otro. Queda atrás la pared vieja y amarilla, y empieza la senda del tiempo.Imágenes de "El Pequeño Nicolás", "Boy meets world" (Yo y el mundo) y "Doug" ¡Las cosas que veía yo por aquellos entonces! El vídeo, de los míticos Celtas Cortos.
lunes, 31 de agosto de 2009
La canción de todos los veranos
A la hora en que Juanito, el pequeño, va otra vez para el agua, flotador en ristre, yelmo de hombre rana, bañador rojo de los Power Ranger, y en la retaguardia gritos de “No te metas muy para dentro” o “Como tardes mucho voy a quitar el tapón de la playa”; a esa hora, entre la refriega con el agua salada y el solano en la cabeza, al estómago de Papá se le empieza a figurar la imagen del tortillón que aguarda escondido en la fiambrera de taperguare (que es de tapadera de rosca y nadie sabe por qué misterio sólo puede abrirla Mamá, como si fuera una caja fuerte de la que sólo ella conoce la combinación secreta). “El tintorro estará apucherao, mejor ni lo saques” –dice Papá mientras ve a Mamá trajinar con las bolsas de playa. “Ya te dije yo que tenías que haber comprado una nevera nueva.” –replica Mamá mientras le sirve a Papá el vaso de tintorro apucherao. A esa hora también, más o menos, llega de dar un paseo, con los pies en remojo, el tío Luis, el maestro solterón. Por el camino se ha fijado que todas las mujeres sentadas al sol leen el libro ese tan de moda, La reina en el palacio de las corrientes de aire, con los pezones al ídem. Sobre todo se ha fijado en lo segundo. La sombrilla, con su vestido de lata de refresco tiene, por su parte, inclinaciones diferentes. Pero más que imitar a la torre de Pisa, o saludar de una cabezada a la sombrilla vecina, parece implorar por recuperar su verticalidad. “Claro, si tú nunca me la metes bien”, suelta Mamá, la única que parece escuchar su ruego inanimado, y se dispone a recomponerla a la par que echa un par de reojos a Papá. Pero esta vez Papá no replica porque está en otra briega y no la oye o hace como el que no oye. Hay marea alta y Papá fortifica el chiringuito levantando una muralla, usando de pala el cuarenta y tres de su pie izquierdo. “No sé para qué” dice Mamá, y con razón. Porque el primer arietazo de las olas va a derrumbar las murallas inundando bolsas, rebozando pies, suspendiendo el concierto que Jessi, tumbada sobre la arena y absorta, lleva puesto en los oídos. En fin, mudando a todos los domingueros de la playa a otro improvisado campamento, a dos metros, o lo que es lo mismo, tres golpes y medio de marea, por detrás del anterior.
Ajenos al follón, el abuelo y el tío Luis están parados de pie como dos postes embobados, estudiando a la vecina que, para cambiarse la parte de abajo del bikini, ha decidido encortinarse en una toalla sin más ayuda que sus manos. Hasta que se da cuenta que manos sólo tiene dos y que el levante es más fuerte. Y mientras con una mano va subiéndose la prenda, de la otra se le escapa un pliegue de su cortina, dejando al descubierto pelámenes que asoman tímidos por encima del bañador como orejas de conejo por la madriguera. “Y yo sin traerme las gafas del lejos”, dice el abuelo. Mientras tanto, Jessi dice que pasa de la tortilla porque no le gusta si está empanada en arena. Y porque allí, a tres sombrillas de distancia, está horneándose un mullido pastel de ébano, de metro noventa y tatuaje tribal azucarándole el pecho. Y Jessi lo mira por detrás de las gafas de sol como quien mira por la puerta del horno, mientras piensa sin decir: ¡Quién le hincara el diente a ése! El negrón de sus fantasías no es precisamente ese que pasea flaquezas, alfombras y leopardos con forma de camisa por delante de las mirillas invisibles de cada hogar playero; sino ese otro del que hace un rato que Papá y el tío Luis se vienen riendo, pues dicen que se ha encasquetado el bañador con un calzador y que se ha dejado ahí dentro el palo de la sombrilla. Todo esto ante la indignación de Jessi, pero más que por solidaridad racial, porque Papá la sonroja cuando se marca ese terrible número musical que repite todos los veranos. Y se pone a entonar esa hortera (o eso le parece a Jessi) canción de “Mami, ¿qué será lo que quiere el negro? Mami, ¿qué será lo que quiere el negrooooo? Mami… Mami, ¿y el niño dónde está?” Eso pregunta Papá y Mamá que lo mira con ojos de búho, embebida como estaba en una conversación con la vecina, la de los pelámenes. “Ya vendrá, mujer, déjalo que navegue” dice el abuelo. Pero antes siquiera de que pueda parecerles que no viene, Mamá sale despavorida a por su niño, y se pierde ella también por las callejuelas de arena. Absorta en su Juanito el pequeño como va, Mamá no puede pensar en otra cosa, no puede escuchar la melodía de todas las playas: ni el soniquete aflautado del viento, ni el que voy que vengo que vengo que voy de las algas, ni el zumbido caliente y amodorrado del sol, ni el peinado de espuma que hacen las olas a la arena, ni tampoco a la mujer enlatada en el megáfono diciendo “Atención: se encuentra en el puesto de la Cruz Roja un niño que dice llamarse…” Es la misma canción de todos los veranos.
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domingo, 26 de abril de 2009
Barriada
Hoy te he vuelto a ver igual que ayer:
tus ventanas abiertas al levante,
las piezas de tela repicando en tus tendederos,
rabioso el negro en tu pelo
y los arrestos en tu piel morena.
Hoy me miras altiva, ¿es que no ves
el rubor de tus paredes desconchadas?
Las firmas que salpican tus puertas,
los tiznones que escurren de tus fachadas.
Como los churretes en las caras de los niños,
que ayer jugaban en tus manchones.
Bautismo de tierra y golpes
en las rodillas,
sobre las piedras.
tus ventanas abiertas al levante,
las piezas de tela repicando en tus tendederos,
rabioso el negro en tu pelo
y los arrestos en tu piel morena.
Hoy me miras altiva, ¿es que no ves
el rubor de tus paredes desconchadas?
Las firmas que salpican tus puertas,
los tiznones que escurren de tus fachadas.
Como los churretes en las caras de los niños,
que ayer jugaban en tus manchones.
Bautismo de tierra y golpes
en las rodillas,
sobre las piedras.
Y el ciclo que se repite:
las trifulcas del lecho,
las confesiones de la escalera,
el bosquejo del rufián y el solitario,
y el porvenir naufragando en la mirada
de los muchachos sentados en tus bancos.
Y las paredes van contando tus plegarias
Y el sol te va encalando de letargos
Hoy la he vuelto a ver.
Saluda, se esconde,
se consume, se derrite, se retuerce
como un niño en un útero de piedra.
En su burbuja de cemento y ladrillo,
a sí misma encerrada.
Se pregunta por el tiempo,
se santigua
mi barriada.
Fotos de archivo familiar
las trifulcas del lecho,
las confesiones de la escalera,
el bosquejo del rufián y el solitario,
y el porvenir naufragando en la mirada
de los muchachos sentados en tus bancos.
Y las paredes van contando tus plegarias
Y el sol te va encalando de letargos
Hoy la he vuelto a ver.
Saluda, se esconde,
se consume, se derrite, se retuerce
como un niño en un útero de piedra.
En su burbuja de cemento y ladrillo,
a sí misma encerrada.
Se pregunta por el tiempo,
se santigua
mi barriada.
Fotos de archivo familiar
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sábado, 17 de enero de 2009
La mecedora
La mecedora siempre ha cumplido el mismo trabajo, servir de depósito. Ahora acumula la pila de ropa recogida y antes la almacenaba a ella. Será que han pasado muchos años pero ya sólo puedo recordarla así. Sólo puedo imaginarme una montaña de carne arrugada, derramada en la mecedora y envuelta en tela oscura. En lo más alto un matojo gris, triste y seco, más abajo tres verrugas crecidas en piel menguante y desinflada, dos surcos negros bajo los ojos, barbecho en vida, y una sonrisa lacerada. Y sin embargo todas las mañanas, iba hacia ella con pasitos cortos y tímidos, me estiraba de puntillas y al hacerlo oía el rechinar de las juntas de la mecedora como escalofríos de la madera, la savia todavía latente en los resquicios de las astillas, a pesar de los clavos enquistados y manchados de óxido. Entonces me acercaba a su rostro…Y la besaba.
...
La foto y el retoque son míos.
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miércoles, 12 de noviembre de 2008
El Misterio de las Nubes

Fue como entrar en un mundo sorprendente, difuso y nebuloso, lleno de sensaciones inesperadas. Me introduje en una marea de pantalones de algodón, zapatos de domingo y trajes de volantes. Arriba, por encima de mí, era todo un ajetreo de miradas, un murmullo sostenido de voces. Abajo el escupir amarillo del albero en el marrón recién estrenado de mis zapatos. El relente húmedo de verano pellizcaba de vez en cuando bajo las mangas cortas y en las mejillas. Las agitadas voces y los tropiezos con algún desconocido poco cuidadoso me provocaban un estupor que me retumbaba en el pecho recorriéndome luego el cuerpo, y lo sentía mitigar sólo cuando estrechaba la mano cogida a mi madre.
La muchedumbre coagulaba la calle por todas partes y nuestros pasos eran lentos y entrecortados. La parte izquierda era una hilera de monstruos que resoplaban bufidos de humo. Vivían en unos castillos de paredes pintadas con escenas de dragones que peleaban con guerreros y amazonas desnudas. Cerca de allí, prisionero en una cabina de cristal, un hombre con barba, melena rizada y vaqueros rotos vendía fichas de plástico, vales por un viaje de ida y vuelta por unas sinuosas vías de metal. Un poco más adelante un barco era mecido en el aire por grandes columnas de metal. Podía sentir la gigantesca quilla pendular cerca de mi nariz, oír los gritos de los polizones metidos en jaulas. Aquello me hacía estremecer, pero a la vez el balanceo me hipnotizaba sin dejarme apartar la vista. En la parte derecha de la calle se apelotonaban los cuerpos contra unas grandes casetas blancas que a mis ojos se perdían en lo alto. Estaban pobladas por un enjambre de muñecas y animalillos blandos y peludos. Bajo ellos un hombre metido allí dentro chillaba con una voz estridente y metálica.
Los gritos, las voces y la música se revolcaban entre sí por toda la calle y se apretaban contra el cielo oscuro. Yo caminaba siempre de la mano siguiendo la estela de mi madre por la calle asfixiada, cuando de pronto me sorprendió un olor fresco, que en aquel momento me pareció balsámico. Cuando el gentío se fue apartando, pude ver unos chorros de agua bañando las tajadas de un extraño fruto blanco, unas esferas que por fuera parecían un rostro todo barbas y cejas. El poso tropical dentro de aquellas frutas seducía mi olfato. Seguí la expedición por el país de colores y olores que se desplegaba en aquella barraca: experimentos con manzanas que se cubrían de un líquido rojo y brillante, piruletas de colores que no había imaginado nunca, almendras y piñones que se traslucían dentro de unas radiantes tabletas marrones. Entonces, una mujer detrás del mostrador me dijo algo que no acerté a entender por el murmullo de voces (tan sólo noté su acento cándido y exótico) y sacó algo de una máquina que yo no alcanzaba a ver. Me acercó un palo con lo que parecía una nube rosada de hebras vaporosas como de algodón. Sentí el olor del azúcar caliente erizando el paladar y las caricias humeantes en mi nariz fría. Cogí un pellizco y me lo llevé a la boca. Me saludó un sabor dulce y agradable, que enseguida se colaba sin permiso por todas partes de la boca y me hacía suaves cosquillas en la garganta. No podía dar explicación a aquella sensación desconocida y placentera, como de un buen sueño. Pero sólo un segundo después, sin que pudiera retener siquiera el sabor, recordarlo, el trocito de nube se despedía como evaporándose, se escapaba como queriendo volver al cielo.
Repetí la operación, seguro de que esta vez no escaparía, pero de nuevo aquel placer seguía siendo igual de efímero. Continué el paseo por aquella calle, probando una y otra vez, esperando poder atrapar aquel sabor en algún intento. En el horizonte se adivinaba un circuito de coches que bailaban bajo una algarabía de luces de colores y una rueda gigante que alcanzaba a tocar el cielo.
De mayor solía acercarme a otras barracas, agarrado a manos diferentes, a sentir el olor de aquel vapor rosado, y me seguía preguntando por el misterio de las nubes de azúcar. Quizá sea en efecto que quieren escaparse para volver al cielo de donde alguien las arrancó alguna vez. O tal vez, simplemente, sean las nubes las que nos transportan a lugares perdidos en la memoria, a calles olvidadas llenas de ruidos y colores, de olores nuevos e inesperados, de gentes y seres fantásticos en los que de mayores nunca creeríamos.
La muchedumbre coagulaba la calle por todas partes y nuestros pasos eran lentos y entrecortados. La parte izquierda era una hilera de monstruos que resoplaban bufidos de humo. Vivían en unos castillos de paredes pintadas con escenas de dragones que peleaban con guerreros y amazonas desnudas. Cerca de allí, prisionero en una cabina de cristal, un hombre con barba, melena rizada y vaqueros rotos vendía fichas de plástico, vales por un viaje de ida y vuelta por unas sinuosas vías de metal. Un poco más adelante un barco era mecido en el aire por grandes columnas de metal. Podía sentir la gigantesca quilla pendular cerca de mi nariz, oír los gritos de los polizones metidos en jaulas. Aquello me hacía estremecer, pero a la vez el balanceo me hipnotizaba sin dejarme apartar la vista. En la parte derecha de la calle se apelotonaban los cuerpos contra unas grandes casetas blancas que a mis ojos se perdían en lo alto. Estaban pobladas por un enjambre de muñecas y animalillos blandos y peludos. Bajo ellos un hombre metido allí dentro chillaba con una voz estridente y metálica.
Los gritos, las voces y la música se revolcaban entre sí por toda la calle y se apretaban contra el cielo oscuro. Yo caminaba siempre de la mano siguiendo la estela de mi madre por la calle asfixiada, cuando de pronto me sorprendió un olor fresco, que en aquel momento me pareció balsámico. Cuando el gentío se fue apartando, pude ver unos chorros de agua bañando las tajadas de un extraño fruto blanco, unas esferas que por fuera parecían un rostro todo barbas y cejas. El poso tropical dentro de aquellas frutas seducía mi olfato. Seguí la expedición por el país de colores y olores que se desplegaba en aquella barraca: experimentos con manzanas que se cubrían de un líquido rojo y brillante, piruletas de colores que no había imaginado nunca, almendras y piñones que se traslucían dentro de unas radiantes tabletas marrones. Entonces, una mujer detrás del mostrador me dijo algo que no acerté a entender por el murmullo de voces (tan sólo noté su acento cándido y exótico) y sacó algo de una máquina que yo no alcanzaba a ver. Me acercó un palo con lo que parecía una nube rosada de hebras vaporosas como de algodón. Sentí el olor del azúcar caliente erizando el paladar y las caricias humeantes en mi nariz fría. Cogí un pellizco y me lo llevé a la boca. Me saludó un sabor dulce y agradable, que enseguida se colaba sin permiso por todas partes de la boca y me hacía suaves cosquillas en la garganta. No podía dar explicación a aquella sensación desconocida y placentera, como de un buen sueño. Pero sólo un segundo después, sin que pudiera retener siquiera el sabor, recordarlo, el trocito de nube se despedía como evaporándose, se escapaba como queriendo volver al cielo.
Repetí la operación, seguro de que esta vez no escaparía, pero de nuevo aquel placer seguía siendo igual de efímero. Continué el paseo por aquella calle, probando una y otra vez, esperando poder atrapar aquel sabor en algún intento. En el horizonte se adivinaba un circuito de coches que bailaban bajo una algarabía de luces de colores y una rueda gigante que alcanzaba a tocar el cielo.
De mayor solía acercarme a otras barracas, agarrado a manos diferentes, a sentir el olor de aquel vapor rosado, y me seguía preguntando por el misterio de las nubes de azúcar. Quizá sea en efecto que quieren escaparse para volver al cielo de donde alguien las arrancó alguna vez. O tal vez, simplemente, sean las nubes las que nos transportan a lugares perdidos en la memoria, a calles olvidadas llenas de ruidos y colores, de olores nuevos e inesperados, de gentes y seres fantásticos en los que de mayores nunca creeríamos.
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