domingo, 23 de agosto de 2009

Murciélago (¿I?)

No había hecho justicia la muerte con el Murciélago, el rostro bilioso y la mueca contraída de la mandíbula, el esqueleto llamando a la puerta de su piel, el cuerpo blanquecino envuelto en la aséptica mortaja verde, pulida por la luz fría, etérea, de aquella sala de hospital. La enfermedad le acabó quitando el aspecto lozano y el rostro aparente que había conservado hasta la vejez. Las miradas de los presentes se cruzaban, huidizas, para acabar convergiendo en el mismo punto, el rostro contraído del cadáver, como esperando que tomara la palabra. A veces, surgían pequeñas conversaciones, como brotando de las paredes, pero nunca llegaban a ningún sitio. “Como un árbol, así se queda uno cuando muere. Eso lo he visto yo muchas veces. Sin sentío, ni . Cuando ves muchos muertos, como yo, dejas de creer en el cielo y esas cosas” Eso diría el Murciélago si pudiera verse a sí mismo tumbado en aquella camilla de hospital. Después de eso habría empezado con alguna anécdota sobre los días de temporal en alta mar, y luego a hilar una historia detrás de otra, y a entrecruzarlas como los afluentes de un río sin final aparente.


Le conocí hace unos cuantos años cuando yo era un chaval, y él ya un marino retirado. Yo era el chico para todo en la tasca de mi padre: poniendo copas, fregando vasos, limpiando el polvo aquí y allá, haciendo encargos. El Murciélago acababa de llegar entonces al pueblo en su casa flotante, una pequeña barcaza atracada en el puerto, y pronto se hizo un asiduo del bar. De hecho era siempre el primero y no recuerdo un día en que faltara, cumpliendo siempre el mismo ritual. Llegaba sobre las cuatro de la tarde cuando todavía no había nadie, saludaba levantando la mano, dejaba la chaqueta azul y la gorra en el perchero bajo el cuadro de la sirena, y se sentaba en el mismo banco de siempre frente a la barra. Pedía el primer vaso y esperaba que viniera alguno de los parroquianos para empezar la tertulia. Entre mis idas y venidas por el bar, me fui dando cuenta, casi de reojo, de que su afición por contar historias era tanta como la de empinar el codo. Pasaba toda la tarde encadenando cuentos con vasos de vino. “Me viene de chiquillo – solía decir – Mi padre me llevó una vez a un campo de uvas y en un descuido me colé ahí dentro y empecé a tragar, y a ver quién me paraba. Y claro, el gusto se me debió quedar pa siempre. Hasta que vi al dueño con un garrote y salí pitando de allí, claro – terminaba soltando una larga carcajada –”. Yo oía retazos de sus historias, a veces sólo el principio, otras el final. Solía repetirlas tantas veces que me preguntaba si no se cansaba de oírse a sí mismo. Al principio, le veía como un viejo charlatán, sin mejor cosa que hacer que pasarse las tardes y las noches sumergiendo su soledad en vino, dichoso de pensarse el centro de atención.


Poco a poco me di cuenta de que era diferente a aquella primera impresión, algo más que un viejo borracho, destilando batallitas, alambicando fantasías que luego se evaporaban en la madrugada. Empecé a tomarle cariño y terminé apreciando sus historias anónimas, de las que no salen en el telediario, de las que no se escriben libros. Me suscitaban cada vez más interés, y acabó no importándome si eran del todo verdad o no. Me acompañaban en los cierres del bar, cuando me sentaba al lado del Murciélago a veces hasta bien entrada la madrugada. Ponía mucho énfasis en sus palabras, gesticulaba y retorcía el cuerpo si hacía falta. Sus correrías por parajes exóticos, las noches en alta mar con extraños ruidos en la bodega del barco, sus aventurillas salpicadas de chismes o las historias de contrabando de tabaco que me susurraba muy bajo, satisfacían mi curiosidad por el rudo y apasionante mundo de los marineros, y mi afán goloso de misterios en una vida atracada siempre en puerto y falta de novedades como era la mía. Acabé preguntándome si su carrera no merecía un privilegio mayor que aquel retiro voluntario en nuestro garito.


Pero si hay algo que me ha dejado marcado por encima de otras anécdotas, fue la historia que me contó sobre una accidentada travesía por el Mediterráneo cuando su barco iba camino a Tánger. Me habló de aquello una noche de verano en la que quedamos los dos solos, no había nadie en la calle y mi padre se había quedado dormido haciendo números en el almacén. Era una noche tranquila y apacible, mal presagio de las tempestuosas imágenes que iba a formar algo más tarde en mi cabeza. Solía mezclar historias, dejar por la mitad una y empezar con otra, por ejemplo cuando se acordaba de otra cosa por algo que yo había dicho. Sin embargo esa noche habló de corrido desde la partida del barco. Llegado a cierto punto de la historia su voz empezó a volverse trémula y sus retinas a titilar. La mano izquierda erosionada y temblorosa, carcomida como el hierro oxidado, apenas podía sujetar el vaso. Serían las dos o tres de la mañana, cuando llegó a un punto en que no pudo seguir. La vivacidad y el dinamismo usual de su rostro dieron paso a una mirada perdida, a unos ojos desterrados en medio del desierto de agua que recreaban sus palabras. Por esos ojos fui a ver su cadáver al hospital. Me di cuenta de que realmente aquel hombre era más que el viejo y solitario marino del bar de mi padre. Era mi amigo.

Aquella noche de verano, cuando el Murciélago se calló, del almacén medio en penumbra llegaba el tintineo metálico de las llaves de mi padre. Le dije al Murciélago que era tarde, que ya terminaría de contar la historia otro día. Cuando le di la espalda, permaneció callado, pareció no haber oído mi despedida. Lo vi tomar el último trago y entonces hundió los ojos en el fondo del vaso, como leyendo el futuro en el poso del vino. Fue la última vez que lo vi en vida.

Imágenes

4 comentarios:

genialsiempre dijo...

David: Me ha gustado mucho, es un lindo relato, ampliable a novela si te quieres sumergir en la historia que contó el Murcielago aquella noche.
Envidio tu capacidad creativa y tu narrativa, es un privilegio tenerte de compañero.

José María

Pedro dijo...

Esta historia me suena, creo habértela oído antes, pero no importa, me sigue impresionando como la primera vez, y es que relatas de puro lujo.

Un saludo.

Equilibrista dijo...

Graxias. Efectivamente, la leí el año pasado en el tendedero. Era un ejercicio del verano pasado. Me apetecía que estuviese también aquí.

Estoy pensando seguir con la historia, como relato largo. A ver por dónde se encaminan las vivencias del Murciélago.

Raquelilla dijo...

yo lo haría novela, muchacho, que esto promete. Sobre todo me ha gustado el ambiente de la taberna, he vislumbrado con claridad la sirena encima del perchero. Sería esa la única historia verdadera???o lo eran todas, ninoninoninonino, emoción, intriga, dolor de barriga, jijiji

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