miércoles, 28 de octubre de 2009

La fábula del príncipe de las sombras

Hacía varias noches que el príncipe la miraba, ensimismado, desde la ventana de su habitación. Era un sueño que coleaba en su mente, turbándole los días, invadiéndole con ansiedades. Por eso no iba a desaprovechar la oportunidad que aquella noche de verano le brindaba. La reina había partido a no sabía él qué misteriosa empresa -nunca se lo decía-. El príncipe se escabulló de los guardianes convirtiéndose en niebla y dejó atrás los oscuros pasillos del palacio. Atravesó las anchas puertas labradas en éter negro y continuó hasta la encrucijada de estrellas. Sin la reina allí, todo era más fácil. Cuando por fin cruzó las murallas del reino de la noche, el príncipe se introdujo en el desierto de las brumas. La enorme esfera luminosa absorbía el horizonte, como engullendo todos los puntos cardinales.

Los cuchicheos de palacio decían de ella que antes que amarla había que temerla. Que su sola visión había redimido y esclavizado a un terrible demonio de los tiempos arcanos. Ni siquiera los dioses se atrevían a acercarse. El camino hacia la esfera estaba cercado por la tormenta eterna del desierto de las brumas. Sólo en ciertas noches de verano se aplacaba la furia tempestuosa del desierto y el camino quedaba libre. En noches como aquella en la que el príncipe decidió escapar de palacio.

El príncipe se alegró al ver que la esfera brillaba cada vez más grande y cálida que antes. Emprendió tenaz la marcha hasta que al fin la tuvo a un paso de sus botas. Tuvo una sensación extraña, un escalofrío mezclado con un estremecimiento y un fuego en las puntas de los dedos. Entonces su mirada se azoró y se abalanzó sobre la esfera. Poseído por una fuerza salvaje empezó a acariciarla, a abrazarla, a fundirse con ella. Sus brazos y sus piernas empezaron a crecer, a curvarse, a deformarse para abarcar toda la enormidad. Tan obsesionado estaba que no se dio cuenta de su transformación. Príncipe y esfera se unieron en una forma nueva, que parecía una sola: un círculo de color rojo que se apretaba en la negrura del desierto, y que brotaba lágrimas blancas goteando como granos de un reloj de arena. Se dice que aquellas lágrimas cayeron a la tierra y de ellas nació el género de los lobos.
Fue entonces cuando se oyó un grito estremecedor. De la cara oculta de la esfera surgieron toda la flota de las estrellas, el ejército de los cometas y finalmente la reina en su carroza de nubes tirada por murciélagos. Enfurecida, la reina separó al príncipe de la esfera y le encadenó al ojo del huracán del desierto de las brumas, para que jamás pudiera acercarse a ella. Sólo en algunas noches de verano que aplacan la furia tempestuosa del desierto, la sombra del príncipe vuelve a acariciar la blancura de la esfera. Y los dos vuelven a unirse hasta eclipsarse…

Imagen de Catherine Chmier, basada en El Señor de los Anillos de Tolkien.

5 comentarios:

Pedro dijo...

Un cuento fantástico, David. Cargadito de magia y literatura impecable. Otro relato más para ese libro que publicarás algún día.

Un abrazo.

Anatxu dijo...

Eres un genio.....
Eres capaz de hacer que me crea que soy el principe, la esfera, la mala y cualquier otra cosa que te propongas.....
Gracias de nuevo por este minirato tan bueno que me has hacho pasar...
No lo dejes, veo futuro.
besos

genialsiempre dijo...

Quien pudiera convertirse en niebla y escapar a veces. Que bonito relato, David, coincido con Pedro que debes coleccionarlos, porque algún día pueden ver la luz para mucho más público, que es lo que se merecen.

Jose María

YukiBaker dijo...

Precioso relato David!!! Soy Nieves por cierto, jejejeje... Me ha encantado, desde luego al lado vuestra escribo "panfletos" XD Como dice Jose Maria, quien pudiera convertirse en niebla y escapar a veces. Seguiré tu blog con renovado interés :) Un beso fuerte.
Nieves

Equilibrista dijo...

Gracias a tod@s. Y bienvenida Nieves, a.k.a. YukiBaker, jeje. No digas eso de los panfletos, que seguro que tienes algo guardado por ahí que nos deja boquiabiertos.

Encantado de que me sigas. Otro beso.

Deivid

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