lunes, 29 de octubre de 2012

Punto Final: Fiction is Crime


"Si escribimos dejamos
heridas las palabras,
desangrándose juntas"
(Fernando Quiñones)

    Fueron subiendo en cada puerto y hablaban distintos idiomas. O al menos eso le parecía por los murmullos, acompañados de zapatos y perseguidos por equipajes que subían por la pasarela. El ojo de buey de su camarote sólo le devolvía imágenes de los zapatos, que rechinaban en la madera. Se giró y observó la cama recia, hipócrita. Se levantó del asiento con estrépito, cogió el vaso de agua que reposaba en la mesita y lo hizo estallar en el suelo. Estaba trémulo.

     Había pasado todo el viaje en el camarote. Las paredes se proyectaban hacia arriba. El techo se alejaba y se hacía más pequeño. Él era un ratón que miraba pasar desde un pequeño agujero a los habitantes de la casa, pero que se siente incapaz de salir. Sólo el pensar en subir a cubierta le causaba miedo y náuseas. El tiempo se volvió irracional. Los segundos y los minutos se mezclaban. Pero había llegado el momento. No podía esperar más. ¿Por qué si no estaba allí?

     A veces se había mareado en sus viajes, pero nunca como aquel día. Cuando estuvo en la cubierta, sintió  un dolor punzante en el estómago. Le temblaban las manos. El suelo se ondulaba y se retorcía. Caminaba inerte, las facciones en la cara, rígidas. Los rostros a su paso miraban y saludaban disciplinadamente. Se agarró a una barandilla y espero. La sacudida en el pecho se suavizó ligeramente. El temblor de su cuerpo continuaba, pero no iba a esperar más.

      Hizo acopio de los retazos de optimismo que le quedaban. Llegó a una glorieta donde se reunían los pasajeros a tomar café o una copa. Se coló de polizón en una conversación. Al fin, lo consiguió. Sí, estaba, estaba allí hablando con ellos. Se iban a cumplir sus deseos. Estaba dentro. Pero enseguida sus ánimos volvieron a decaer. Sólo encontró vidas triviales, insulsas, como era la suya y como era el mundo del que había estado huyendo: amas de casa, hombres de negocios, estudiantes en el último curso de física. Cada palabra era una punzada, una herida más que alimentaba la turbación y la locura. Lo intentó varias veces más, pero la frivolidad en las palabras y en los gestos seguía aumentando la náusea. No pudo más que sentarse en el suelo y con la mirada en el horizonte fija en otro mundo, como ese personaje de los cuadros que mira al espectador, pasaban delante de él los cuerpos. Volvió a ser un ratón dirigiéndose a su agujero. Regresó a su camarote y continuó empequeñeciendo en la oscuridad.

     Cada minuto que pasaba yaciendo como muerto en la cama, era una escala en un viaje por la locura. Maldijo el día en que decidió tomar ese barco. Era joven, impulsivo, irreflexivo… Se culpó por haber sido así. Podría haber cogido un avión que le llevara a alguna isla remota o caminar hasta llegar a las montañas. Podría haber tomado cualquiera de los otros barcos que había en el puerto. Pero, sintió algo, como una señal que le decía que subiera a ése. Algo que no podía describir. Y lo hizo sin pensarlo dos veces. Pero, ¿dónde estaba el romanticismo que esperaba encontrar? Viviendo en sus ensoñaciones, estaba seguro de de dar con algún aventurero truhán y gallardo, departir con un profesor en busca de reliquias perdidas en una isla remota, ser el hombro para una heroína despechada por amor. Pero nada de eso encontró allí.

      Al despertar, abrió los ojos y salió de las tinieblas de su pensamiento. Descubrió, sorprendido, que el sueño había cambiado algo. Aunque no se había movido del camarote, podía ver más allá del ojo de buey. Veía los rostros y los cuerpos de todos los pasajeros en todas partes del barco sin que se percataran de su presencia: paseando joviales por la cubierta, comiendo entre risas en el restaurante, haciendo el amor furtivamente en un baño. Ya no era un ratón como antes. Ahora era un gigante, un dios. Descubrió el poder que podía tener sobre los destinos y las vidas de aquellos seres. Le pareció que podía oír lo que pensaban. Desde aquella posición,  sería más fácil acercarse a ellos, conocer sus vidas de primera mano, encontrar el encanto en aquellos hombres y aquellas mujeres. Quizá encontraría a los héroes de sus sueños.

     Pero era demasiado tarde. La furia y la impotencia corrían ya por su sangre. Sus ojos mostraron una expresión de malicia y se rió insanamente. Sentía el placer de la destrucción quemándole las manos. Ellos, los pasajeros, eran los culpables de la soledad y la desolación que había sufrido, los que debían pedir clemencia. Estaba decidido. Iba a hundir el barco.

    Entonces, se estremeció ante la certeza de su propia muerte. Distinguió tres voces en su interior. Una era la suya propia pero ésta le pareció como hueca, como poseída por las otras dos. Éstas venían desde fuera, y a la vez salían de dentro, y se proyectaban abarcándolo todo, su cuerpo, el barco, el mundo. La segunda era un torrente de sentimientos, emociones y juicios que hablaban de culpa, castigo, odio, clemencia, venganza o superioridad, que se mezclaban y se confundían. Le parecía un espíritu de otro mundo, pero a la vez era su propia voz. La tercera repetía todas sus acciones y pensamientos como el eco en un canto lúgubre y siniestro. Pensando en el naufragio, oyó al coro de voces decir: “No puedo morir así”; “No puedes morir así”; Él no podía morir así.

    Sólo faltaba decidir la forma en que hacerlo. Podía provocar un incendio en la sala de máquinas. Podía conducir al barco a la más atroz de las tempestades, o llevarlo al encuentro de un iceberg. Al fin, urdió el crimen más terrible que podían sufrir aquellos personajes, los pasajeros, los verdaderos culpables de su desdicha, aquellas criaturas que tanto dolor le habían causado. Entonces terminó de escribir, puso el punto y final a este cuento.

2 comentarios:

La Griega de AndaluCái. dijo...

He disfrutado una vez mas......

Equilibrista dijo...

Gracias Asu. Le falta muchísimo por pulir, pero me ha gustado recordar este relato. No te importe hacer críticas. Un beso.

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