miércoles, 19 de octubre de 2011

Rosquetes en octubre (Remember nº 8: Tirabuzones de gloria)

El lunes pasado estando en un supermercado de una cadena muy conocida, pude ver cómo una trabajadora ya estaba colocando los turrones (del duro, del blando, de chocolate) y los polvorones (y mazapanes y hojaldrinas) en las estanterías. ¡A 17 de octubre! Y lo mejor de todo es que estaban justo al lado de las neveras atiborradas de helados. Y a pocos metros de allí, estaban las chucherías de Halloween preparadas en pack con todo lo necesario para los niños. Viendo que el calentamiento global se empeña en seguir alargando agosto, es normal que los helados sigan copando las cámaras frigoríficas. Y viendo que en estos sitios las tradiciones se convierten en meros reclamos comerciales, es normal que los lumbreras jefazos de Mercadona (ea ya lo he dicho) quieran apelar desde ya, aunque falten dos meses para navidad, a nuestra más tierna memoria emocional y estomacal. Todo sea por amasar el mayor número de billetes posible. Así que en este mundo un poco loco no os extrañará que yo hoy 19 de octubre reponga este relato sobre los rosquetes de Semana Santa. Este cuento titulado "Tirabuzones de gloria" fue un texto descartado para la Revista de Chiclana, para el número de Semana Santa donde publiqué el texto sobre el arroz con leche que dejé por aquí hace unos días. Perdonadme si os empalaga el costumbrismo (al menos estará bien recordar algunas tradiciones populares) o si tiene muchas inexactitudes teológicas. Rosquetes en octubre, que aprovechen...

Seguid el hilo para conocer la historia...

TIRABUZONES DE GLORIA (REMEMBER Nº8)

Cada vez que veo los rosquetes o cualquier dulce de los que procesionan por nuestras mesas estos días de Semana Santa, me acuerdo del padre Mateo, un antiguo amigo de la familia. Era de Salamanca y venía a visitarnos a casa de vez en cuando. Era un hombre realmente agradable y bonachón, un sancho moderno. Podía saber tanto como el mejor de los catedráticos, pues se había cultivado en bibliotecas con perseverancia y avidez. Pero más aún había hecho lo propio en los fogones de convento, aglutinatinando un saber que lucía en su enorme tripa que paseaba siempre con orgullo. Se preguntarán ustedes a santo de qué vengo yo a hablarles aquí de este hombre. La razón es una anécdota que sucedió en una de sus visitas. Un Miércoles Santo paseaba con él por la calle Jesús Nazareno. Veníamos de llevar al horno del panadero unos rosquetes, que habíamos estado haciendo por la mañana entre todos. Era costumbre por aquel entonces preparar la masa y darle forma en casa y luego llevarlo todo a la panadería para hornear. A la vuelta, el padre sostenía un papelón con unos cuantos rosquetes, y de cuando en cuando iba cogiendo uno, mientras las miguitas le recorrían la sotana. Por la forma en que los comía, parecía ponerle nota en cada mordisco. Me dijo con su acento castizo:

– En ningún lugar he probado estos rosquetes de Semana Santa. Buenísimos, hijo mío. Tenéis suerte aquí en Chiclana –. Siendo el mayor experto en dulces que he conocido podía considerarse un auténtico orgullo oír eso

– Siempre que usted quiera padre, – le contesté – puede bajarse para acá. No le va faltar sitio donde dormir, ni comida, si quiere puede llevarse un paquete de rosquetes para Salamanca.

Es curioso como la imaginación de los hombres ha propiciado un patrimonio tan rico, en abundancia y en sabor, como el que tenemos. Una larga tradición repostera (y gastronómica en general) nos ha legado todo tipo de platos para el tiempo de vigilia, en que es preceptivo para la religión cristiana el no comer carne. Ahí tenemos el arroz con leche, que se suele hacer el viernes Santo, las torrijas, o los rosquetes de Semana Santa que tanto le gustaban al padre.

– El señor nos ilumina, hijo mío, con los dulces. Mira el arroz con leche, nos obliga a ir apartando las ramitas de canela, que son como astillitas de la cruz del señor. O las torrijas ¡qué mejor forma de aprovechar el pan que usándolo para estas delicias!  Y estos rosquetes ¡tirabuzones de gloria!, diría yo, estuco de huevo, harina y mantequilla. O estos otros, como aureolas igualitas que las de los santos.

Confieso que me sorprendía la forma tan poco contenida con la que hablaba de lo dulces, para ser un sacerdote, o al menos para la imagen que tenía yo de ellos.

– Padre, quizá debiera cuidarse usted un poco. El hombre goloso falta a la piedad porque peca de exceso –. En ese momento reparé en la enorme tripa que apretaba bajo la sotana, y me ruboricé. Yo no había querido ofenderle. Me sorprendió contestándome con una gran risotada, y le miré con ojos abiertos de pasmarote y una sonrisa un poco boba.

– Bueno, hijo, todos los excesos son malos, ya lo dice el señor, para la piedad y también para el colesterol. Ya he discutido de eso con algún que otro hermano allá en Salamanca. Pero – dijo entre risas – debes saber que en el Cielo, allí arriba las nubes también están hechas de azúcar.

Me había vencido su oratoria. Sonriéndome contesté:

– Y los ángeles de caramelo, padre, y los ángeles de caramelo.

Nos fuimos alejando por la calle Hormaza, mientras el sol de marzo dejaba sus últimas caricias, salpicando el cielo de destellos violetas. La luna se asomaba tímida, como una chiquilla detrás de su madre. Por Bailén ya se escuchaban clarines y el repicar de los tambores, mientras, en un balcón, un rezo deseaba germinar en forma de saeta.

3 comentarios:

Carmen dijo...

Yo sabía de que supermercado estabas hablando antes de desvelarlo porque a mí también me impresionó, ayer mismito, lo mismo que a ti. Qué locura por dioh. Así que muy bien que has hecho en ponernos este relato de semana santa, digo que sí, lo que está bien y bien escrito se digiere bien en cualquier época.

genialsiempre dijo...

Chiquillo, que hambre me da leerte...

Cornelivs dijo...

Verdaderamente, da apetito el imaginarse tanta reposteria junta.

Un abrazo.

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