Quizá ese hombre había robado los planos y pretendía causar un sabotaje, quizá era una venganza contra alguien de la tripulación. O quizá iba a cometer un crimen contra algún viajero. Podían ser los Smith, o su querida Patricia. Roberto volvió a su cuerpo cuando el sol ya iba dejando rayos morados y violetas. Balbuceó: “Tengo que salir de aquí”. Se dirigió a la puerta, puso la mano en el tirador. Lo oprimió haciéndolo bajar, pero volvió a soltarlo. Miró de soslayo el ojo de buey. Esperó unos segundos con la mirada hacia abajo. Volvió a bajar el tirador y volvió a soltarlo varias veces más y en cada movimiento ponía la vista en el círculo de cristal. Se dio la vuelta y apretando los puños, se dirigió a la otra pared. Echó la silla hacia atrás y se levantó de puntillas contra el escritorio. Ya había anochecido.
Era la hora en que todos los pasajeros solían estar en sus camarotes, para ducharse y vestirse con ropa elegante e ir a cenar al restaurante. Sin embargo, el extraño no estaba en el suyo.
Era la hora en que todos los pasajeros solían estar en sus camarotes, para ducharse y vestirse con ropa elegante e ir a cenar al restaurante. Sin embargo, el extraño no estaba en el suyo.








